Venido del este
Kardiak permanecía adormilado gracias a su ebriedad en aquella apestosa taberna, su manto de tela cubría todo su cuerpo, haciendo apenas perceptible su armadura y proporcionándole una calidez que ayudaba a su amodorramiento. Cuando vio sobre la mesa las tres pintas de cerveza ya vacías, decidió que era hora de acostarse. Mientras subía las carcomidas y crujientes escaleras de madera que conducían a las habitaciones, escuchó el ruido que produce una mesa al volcarse acompañado de un griterío, Kardiak se volvió para observar el suceso.
—¡Vete a tomar por el culo jodido realista!
—¡A mí no me da órdenes un traidor como tú!
Solo es una pelea entre borrachos, pensó. Las disputas políticas entre los de abajo no cesaban, cada vez se volvían más violentas con la guerra civil recién terminada. Por su parte, Kardiak se disponía a abandonar el reino de Agna no solo por el haber servido como mercenario en ambos bandos, sino también porque ya no tenía esperanzas de encontrar más trabajo estable.
Los dos campesinos borrachos ya habían llegado a las manos cuando el mercenario se quitaba la armadura en su habitación, lo supo por las veces en la que oía como se mentaba a la madre de los susodichos. Uno de los temas que más odiaba Kardiak era la política, por eso el trabajo de mercenario se le daba tan bien.
El conflicto en el que había combatido se trataba de una guerra civil entre dos hermanos gemelos, Arman y Fengest de la casa Vorhik, al parecer, la opinión de los nobles sobre la sucesión estuvo tan dividida que la guerra fue inevitable, ahora unos nobles habían aumentado sus bienes y tierras o se alzaban como recién ascendidos a tan digna casta y, otros, simplemente habían muerto por aliarse con el hijo equivocado.
Kardiak comenzó sirviendo brevemente, apenas dos meses, al bando perdedor cuando las fuerzas estaban igualadas, su «traición», si es que existe dicho término en el vocabulario de un mercenario, comenzó cuando escuchó los rumores de que Fengest, el hermano pequeño por pocos minutos, pagaba mejor, y cierto era, aunque tampoco hubo gran diferencia.
Cuando el sueño comenzaba a apoderarse de él, llamaron a la puerta de la habitación, dejó caer un perezoso insulto, desenfundó lentamente su espada y se puso a la derecha del marco de la puerta pegado a la pared, solo por la costumbre.
—¿Quién va?— contestó con una voz cercana a un bostezo.
—¿Sois vos Kardiak el verdugo?— preguntó una voz de mujer.
La pregunta lo desconcertó tanto que terminó por despertarse, ¿Verdugo?, pensó y maldijo al mismo tiempo, ese apodo nunca lo había escuchado, y, de todos los que tenía, aquel se trataba del más simple sin lugar a equívocos.
—¿Vais a abrir la puerta o tengo que patearla?
—Mis padres me decían que no hablase con desconocidos— respondió con sorna mientras preparaba su espada para lo peor.
—Vos sois famoso y yo también, soy Anya Buadeca— se hizo el silencio, sin duda se trataba de un farol.
—Y, ¿qué desea la famosa hechicera de mí? ¿No tenéis un entuerto que deshacer o campesinos que asustar?— pudo oír un suspiro.
—Precisamente, de eso quería hablaros, soy amiga del alguacil de la aldea y cuando le conté la tarea que me aguarda y lo que me es necesario me indicó dónde os aposentabais.
Kardiak se estaba quedando en la aldea desde hacía al menos una semana de finalizar la guerra, en un principio solo pensó en permanecer una noche, pero al estar cerca las fronteras del Imperio Boznik al norte y la de la República Dalda al oeste, los alrededores de la aldea se habían convertido en un nido de desertores, bandidos o desertores ahora convertidos en bandidos a los que el mercenario, para ganarse el sustento, daba caza. Ni que decir tiene que cada vez eran más difíciles de encontrar porque, o bien habían huido o ya no quedaba uno con vida. En una semana Kardiak había capturado vivos a once que yacían colgados cerca de una de las entradas de la aldea y matado a otros tantos. A cambio de sus nobles servicios, el alguacil recompensaba a Kardiak con dinero y alojamiento gratuito en la posada.
—En «román paladino»— contestó el mercenario imitando el rimbombante estilo de su interlocutora— quieres mis servicios.
—Así es, ¿podéis abrir la puerta para así discutir de negocios?— Kardiak así lo hizo.
La famosa hechicera era más joven que él, delgada, casi escuálida, el cabello rizado del color del fuego, más bien de escasa estatura. Vestía un jubón de cuero tachonado de gran calidad, una falda del mismo corte, largas botas que dejaban al descubierto sus pantorrillas y una capa parda con capucha. Kardiak observó que portaba una espada corta envainada en su cintura, tenía aspecto de espadachina más que de hechicera, pues los practicantes de esta profesión solían vestir con túnicas.
El mercenario hizo un gesto con la mano para que pasase, ella cerró la puerta. Kardiak se sentó en el borde de la cama e invitó a Anya a hacer lo mismo en un taburete, lo que le agradeció.
—Te lo advierto—comenzó Kardiak con la espada sobre las rodillas— no soy barato y menos si se trata de matar a una criatura de más de dos patas.
—No creo que haya problema en ese aspecto.
—Entonces, adelante con los detalles— Anya se acarició el cabello.
— En el límite de la frontera con Dalda, hay una villa cuyo nombre es Kovta, al este de ella hay un bosque donde los aldeanos cortan leña y cazan, los rumores cuentan que ahora está maldito y me gustaría ir a comprobarlo, al parecer son varios los muertos y desaparecidos— explicó.
Al mercenario todo lo que acababa de escuchar le parecía una estupidez sin fundamento.
—¿Y quieres gastarte oro en habladurías de campesinos? Creía que los hechiceros tenías fama de ser extremadamente lógicos y ratas— ella se encogió de hombros sin hacer caso a las pullas.
—Ese es mi trabajo, normalmente viajaría sola, pero el camino se ha llenado de peligros y está a casi dos días de aquí.
—Si eres quién dices ser, no deberías tener problema con los salteadores.
—Y tenéis razón, pero me gustaría que, mientras duermo, alguien haga guardia, este país ha sido sacudido por una cruenta guerra civil y nada es seguro— Kardiak asintió, lo expresado por la hechicera tenía bastante lógica.
—Diez monedas de oro la jornada, os cobraré ahora cinco como anticipo— ella sacó las monedas de uno de los bolsillos de su falda, el mercenario se levantó y las aceptó. Le extrañó que no intentase regatear, todo el que quería contar con sus servicios así lo hacía. Después le preguntó si dormía en la posada, la respuesta de Anya fue afirmativa. Ambos se despidieron hasta la mañana siguiente.
Ya en cama, completamente arropado, un pensamiento fruto de su experiencia manó de la mente del mercenario: Dinero muy fácil suele ser presagio de complicaciones, sin embargo, el cansancio acabó por derrotarlo y se sumió en un profundo sueño.
El mercenario la estaba esperando mientras desayunaba en la posada, le hizo un gesto indicándole que lo acompañase.
—Las salchichas están deliciosas, invita la casa, más bien el alguacil.
Cuando Anya escuchó los rumores de un mercenario vestido con una extraña armadura que había realizado grandes hazañas, pensó que se trataba de una leyenda de la soldadesca, sin embargo, las habladurías se confirmaron cuando llegó a la aldea procedente de Boznik, pues cuando se hubo presentado al alguacil, este se sorprendió de que en su solitaria aldea se hallasen dos personas de gran fama; ella y Kardiak el verdugo. Anya supuso que el apelativo le fue dado por los campesinos cuando contempló a los criminales colgados.
—Ese Kardiak, ¿es el mercenario de la armadura extraña que ha combatido en la cruenta guerra que ha arrasado vuestro reino?— le había preguntado al alguacil.
—Sí, lo de la armadura no puedo confirmarlo porque siempre va cubierto con un manto, pero si puedo deciros que ha hecho un gran favor a las pobres gentes que aquí habitan dando caza a los bandidos. En un principio me daba miedo porque las personas como él suelen dar problemas, pero en realidad es bastante amigable. Corre el rumor de que el duque de Nonbinia quiso nombrarlo caballero y que se negó cortésmente.
Fue en ese instante cuando la hechicera tuvo la idea de contratarlo, al principio se imaginaba a un hombre enorme lleno de cicatrices, contra sus ideas preconcebidas, Kardiak no era especialmente alto, pelo oscuro recogido en un discreto moño , de estilizada figura y porte altivo, no obstante, en su negra mirada podía percibir una brutalidad latente. No tenía una cicatriz, al menos en el rostro, del cuerpo nada podía decir porque vestía un largo camisón largo de anchas mangas cuando lo conoció la noche anterior.
Ella lo acompañó, el mercenario engullía carente de modales como si fuese su último día en la tierra.
—¿Tú eres noble?— le preguntó Kardiak conciso y con la boca llena.
—Así es...
—Ah— contestó él antes de darle tiempo a Anya a explicar su parentesco.
Partieron al poco tiempo hacia el oeste, la hechicera se preguntó si tendrían que haberse despedido del alguacil, pero no quería retrasar más su viaje y tener que pagar de más a Kardiak.
Tras una hora de camino con el mercenario a su vera, nuevas preguntas surgían de Anya acerca de su contratado. Ninguno había hablado en todo ese tiempo, Kardiak parecía simplemente avanzar sin mirar hacia ninguna parte, pero incluso la hechicera percibía que se encontraba alerta con sus cinco sentidos activados.
—Dicen que vestís una extraña armadura— le preguntó ya sin poder resistirse. En respuesta, Kardiak sacudió el manto dejando al descubierto aquella extraña maravilla sin duda traída de tierras lejanas.
Formada de cárdenas placas de acero de diversos tamaños, irradiaba un sublime trabajo artesanal, la falda de la armadura, a diferencia de las que Anya estaba acostumbrada a ver, consistía en varias piezas unidas por recio cuero, tanto las grebas como las rodilleras formaban una única pieza; lo mismo ocurría en las extremidades superiores, pero, sin duda, lo que más extraño le parecía, los hombros, pues dos enormes piezas rectangulares cuyas placas eran más gruesas que las demás los cubrían. Ahora comprendía por qué Kardiak la ocultaba bajo su manto; se trataba de un tesoro destinado a llamar la atención.
—Nunca... nunca he visto nada igual— para desgracia del deleite de la hechicera, Kardiak volvió a cubrirse.
—Me crie en Nihango y he viajado por todo el continente de Vazan.
Escaso era lo que sabía la hechicera del lejano continente de oriente, todo el conocimiento que tenía lo había obtenido de libros de viajes y relatos de comerciantes, ambos demasiado fantasiosos. Sin embargo, las telas traídas de Vazan eran realmente caras. De Nihango, en cambio, nada sabía, salvo que se trataba de una isla.
—¿Y cómo acabasteis ahí si me permitís la indiscreción?— preguntó todavía impresionada.
—No lo sé muy bien, la tribu que me crio me encontró en la costa cuando apenas tenía seis años.
—¿Tribu?
—Una de las tribus haunius, al extremo más al nordeste de Vazan. Un pueblo guerrero.
—Nunca había oído hablar de ellos.
—Viven aislados, bueno, mi tribu en particular fue asesinada por un ejército nihansei, habían construido un puesto comercial cerca de nuestra aldea y lo pasamos bajo cuchillo, o más bien hacha. La respuesta fue inmediata, a los niños nos dejaron con vida, todos fuimos vendidos como esclavos y la mayoría acabó en la prostitución o en minas. Yo tuve más suerte, la imagen de un mono de ojos redondos semidesnudo, con el torso lleno de tatuajes azules y la cabeza llena de plumas debió resultarles graciosa, y en cierta medida no les culpo. Me llevaron a Nihango y estuve en una especie de circo durante unos meses hasta que un señor feudal menor me compró porque le hacía gracia mi acento. Cuando le explicaron mi historia me entrenó como guerrero y lo serví fielmente hasta su muerte, entonces, decidí vagar por todo Vazan como espadachín a sueldo.
Anya no cabía en si misma de emoción ante el relato de su guardaespaldas.
—¿Es cierto lo que decís?
—No gano nada mintiendo.
—¿Dónde tenéis los tatuajes?
—Por todo el torso y la espalda, son azules, uno por cada cicatriz.
Anya habría gustado de poder realizar más preguntas, pero percibía que Kardiak se encontraba demasiado concentrado en vigilar los caminos, ya tendré tiempo para oír sus narraciones, pensó.
Caminaron durante dos horas a buen ritmo, ninguno lucía cansado, en especial el mercenario, pues acostumbraba a viajar a pie, no le gustaban los caballos. A la hechicera lo mismo le daba.
En la distancia, una serpenteante montaña comenzaba a vislumbrarse, su cima la coronaba una torre de acero oxidada, una reliquia del mundo antiguo.
—Mirad que belleza de un tiempo ya olvidado— comenzó Anya— estas torres se encuentran por todo nuestro continente, Brenia; se cree que para los antiguos eran una especie de fetiches, aunque hay estudios que insinúan que podrían haber sido empleadas para conducir energía mágica a través del mundo, pues se han encontrado restos de otras en varios puntos cercanos a las que están aún en pie. De alguna manera tuvieron que estar conectadas formando una gran red, seguramente mágica.
Kardiak no parecía sorprendido ni ante la explicación ni ante el paisaje.
—En Vazan hay muchas, un templo de Nihango guarda restos de gran tamaño pertenecientes a una, yo los vi y puedo decirte que sin duda debió ser única en su estilo, las partes encontradas son bermejas y ocupan una habitación entera.
—Me encantaría contemplarlos— dijo Anya tan ilusionada como una niña ante una promesa.
—Si me pagáis bien, yo mismo os guiaré.
—Así que, ¿tenéis pensado volver?— él asintió.
—Pienso viajar por toda Brenia, quedarme unos años en el sitio que más me guste y después volver, eso claro, si sobrevivo.
—Lo tenéis todo planeado Kardiak, ¿tenéis algún sueño?
Justo cuando preguntó esto, Kardiak, en un ágil movimiento, desenvainó la espada que portaba en la cintura.
—Lleváis un rato ya cotilleando, salid de una vez.
De entre los matorrales que circundaban en camino, comenzaron a surgir peligrosas figuras, todas ellas pertenecientes a hombres de aspecto malvado y hambriento. Uno de ellos, que parecía ser el líder, medía casi el doble que Kardiak, tenía el rostro picado por la viruela y vestía una armadura de piel. Todos los miraban con displicente sonrisa. Eran sin duda, salteadores de caminos.
—¡Que mala suerte habéis tenido!— dijo el gigante con gallardía—¡Habéis topado con la banda de Ognir Pataslargas!
Anya comenzó a preparar un hechizo defensivo, pero Kardiak la miró de soslayo, comprendió que le dejase hacer el trabajo por el que le pagaba, sin embargo, decidió permanecer alerta para levantarlo en cualquier momento, en realidad, la hechicera sola podría encargarse de ellos.
—¡Tú!, ¡el del manto!— dijo uno de los bandidos— ¡Guarda esa espada, nos das todo lo que tienes y te vas dejándonos a la chica, te la devolvemos en un rato—. Y todos menos Ognir rieron estrepitosamente, su líder observaba al mercenario y a la hechicera con sonrisa maliciosa.
Kardiak se desabrochó el manto colocándoselo a modo de capa, los bandidos se sorprendieron al contemplar la armadura al igual que había hecho Anya anteriormente, la que tras el comentario hecho por el bandido se comenzaba a arrepentir de dejar al mercenario que se encargase de ellos.
—Una bonita armadura— dijo Ognir— una pena que no sea de mi talla, sus compañeros rieron.
—Entonces, ¿tú eres Ognir Pataslargas?
—Así es, entonces has oído hablar de mí ¿eh?— dijo su rival contento por lo que consideraba una merecida fama. Esperaba ansioso la respuesta del mercenario mientras hinchaba el pecho.
—No.
El rostro de Ognir se tornó rojo y comenzó a articular toda clase de insultos hacia Kardiak, su familia y su futura descendencia, el mercenario lo apuntó con la punta de su espada y se dirigió al resto de bandidos.
—Vosotros me importáis una mierda, así que podéis iros, al patizambo este lo dejáis aquí, que seguro que cobran una recompensa por su cabeza.
Sin que estos pudiesen responder a la oferta, Ognir corrió hacia Kardiak blandiendo el hacha que portaba por encima de su cabeza, con dos zancadas del atacante, rival y rival se encontraron frente a frente.
Todo ocurrió muy rápido.
Antes de que Ognir se diese cuenta de lo que había pasado, contemplaba su cintura desde el suelo, Kardiak lo había esquivado mientras hendía el filo de su espada y cortaba su carne como mantequilla. Pataslargas produjo tales alaridos que su banda se dispersó despavorida por el bosque.
—Pues sí que eres resistente, nunca he visto a alguien partido por la mitad aferrarse tanto a la vida, seguro que te has meado encima, ¡oh, perdón! Me olvidaba que no te ha dado tiempo.
Ognir seguía gritando, Anya se encontraba aturdida, no por la violenta imagen, pues en su trabajo como hechicera había visto cosas peores, sino por la celeridad, elegancia y precisión del movimiento de Kardiak. Nunca había visto a un guerrero combatir así, la mayor parte de los brenianos empleaban la espada para ensartar, no para rebanar.
—Oye Anya, ¿le corto la cabeza o las piernas?— le preguntó mientras el hombre partido a la mitad todavía gritaba.
—Con las piernas lo reconocerían más rápido sin duda, pero aún nos queda viaje, así que mejor la cabeza.
Kardiak, que no se esperaba para nada una respuesta así, comenzó desde entonces a estimar a la hechicera, obedeció y de un tajo seco Pataslargas dejó de gritar.
—Mierda, no tengo nada más que una riñonera, debería comprar un petate, ¡qué desperdicio!— y le propinó tal patada a la cabeza cortada que se perdió entre maleza. Anya no sabía si viajaba con un loco, una persona con un humor especialmente oscuro, un tipo demasiado práctico, o quizás todo a la vez.
El fuego del campamento rugía recién nacido en la noche sin estrellas. Tras el encuentro con los bandidos, el mercenario y la hechicera caminaron hasta que comenzó el ocaso, decidieron permanecer cerca del camino, pero a una distancia prudente. Kardiak recogió unas cuantas ramas y Anya empleó su magia para crear una hoguera que durase toda la noche, el fuego era el primer elemento que los de su profesión aprendían a dominar.
La hechicera se encontraba mordisqueando los restos de una manzana cuando recordó que no le había ofrecido a Kardiak nada de comer, como tenía tanta hambre, su concentración se había centrado en la fruta, dejando de existir el mercenario largos minutos, sin embargo, cuando debido a la culpa que le produjo lo que consideraba mala educación, alzó el rostro y vio como su guardaespaldas devoraba un trozo de queso tan grande como sus dos puños juntos, la culpabilidad se disipó.
—Anya— la llamó este cuando hubo terminado de engullir—¿qué se supone que buscas en esa villa llamada Kovta?
La hechicera contestó pese a que la imagen de Kardiak hablando con la boca aún llena no le resultaba precisamente agradable.
—Kovta es en realidad una villa de gran importancia para el comercio por su posición fronteriza, aun con su pequeño tamaño, comerciantes de Dalda y Agna que cruzan la frontera se encuentran en ella y realizan negocios antes de continuar su camino.
—¿A qué reino pertenece la aldea?
—Oficialmente a Agna, pero se encuentra justo en el centro de la frontera— Kardiak asintió y calló indicándole que siguiese con la explicación que le había sido pedida.
—Al este hay un bosque donde los parroquianos obtienen leña, cazan y pastan sus rebaños. He escuchado rumores de que una maldición ha caído sobre él y que varios son los muertos, por eso he de ir a comprobar y averiguar lo que está sucediendo.—Kardiak bufó.
—¿Y solo por eso decides gastarte oro en contratarme?— ella se encogió de hombros.
—Tal es el trabajo de una hechicera.
—¿Y no será que un grupo de desertores o bandidos especialmente escurridizos anda asesinando a los vecinos?
—Los rumores afirman que los cuerpos desaparecen quedando solo sus ropajes— el mercenario alzó una ceja.
—Lobos, hienas, coyotes, puede ser cualquier animal.
—Escucha, Kardiak, debo hacer caso a los rumores, en mis albores como hechicera descubrí que en varias ocasiones los más estúpidos, infundados o simples suelen ser ciertos o poseer parte de verdad. De igual manera, si en realidad no acontece nada los servicios de una hechicera son siempre bienvenidos y necesarios. Con una semana en Kovta podría reunir el dinero para pagaros un mes entero—. El mercenario emitió un silbido de asombro y sonrió, aunque pensaba que Anya era demasiado joven como para referirse a «sus albores».
—Supongo que me he equivocado de profesión.
—¿En Vazan no hay hechiceros?
—Oh sí, demasiados para mi gusto, no sé cómo seréis los de Brenia, pero los de allí son portadores de problemas, rara vez acepto un trabajo de un colega tuyo, no te ofendas, pero suelen ser demasiado peligrosos y muy mal pagados.
Anya comprobó que el tan odiado tópico sobre la tacañería de los hechiceros era universal.
—Es decir, que no soy la primera hechicera para la que trabajáis.
—Desgraciadamente no, y espero que no sea como la última vez, que casi no lo cuento.
—Podéis desahogaros si gustáis, adoraría escuchar lo que tengáis que decir de Vazan— Kardiak miró sorprendido a la hechicera, de momento, no se había mostrado arrogante como todos los demás a los que había conocido.
—Fue en el gran Imperio de Kisharta, al sur del continente. Un duque bastante adinerado tuvo una idea bastante alocada y enfermiza. Se obsesionó con que uno de sus toros más fuertes y hermosos era una deidad guerrera... así que contrató a un hechicero para que le preparase cierta poción a su hija...— los ojos de Anya se abrieron de asombro.
—¿No sería un transmutador de sangre verdad?— Kardiak asintió mientras se mordía los labios, una escena que a la hechicera se le habría antojado cómica de no ser por el efecto producido por la sorpresa; un transmutador de sangre era un brebaje realmente complicado de preparar que permitía a un ser concebir descendencia de otro con el que no era compatible.
—En Brenia están prohibidos, incluso siendo sus ingredientes arduos de conseguir.
—En Vazan no, son bastante famosos, pero carísimos. En fin, volviendo al tema, su hija se quedó preñada del toro y en nueve meses dio a luz a un monstruito un tanto salvaje, al parecer con solo seis semanas se cargó a una de sus niñeras. El abuelo estaba orgulloso de su nietecito, hasta que el condenado entró en la adolescencia y empezó a matar y a violar día sí y otro también. El duque, harto pero temeroso de enfadar a algún dios o deidad, hizo a sus mejores arquitectos construir bajo palacio un gran laberinto para encerrar a la criatura. Y así fue, solo que encerró de paso a los arquitectos con él. Estuvo varios años alimentando con carne a la bestia hasta que debió cansarse e hizo un gran anuncio: quién matase a su nieto se casaría con su hija y heredera porque su hechicero le metió en la cabeza que el «héroe» que lograse la hazaña le daría otro poderoso nieto, solo que esta vez humano. Ni que decir tiene que muchos hijos de nobles menores o hidalgos encontraron en el laberinto lo que se merecían por su estupidez. Como los nobles escarmentaron, el hechicero del duque decidió contratar a un gran número de espadachines, asesinos y criminales para matar al monstruo porque él no merecía tal honor.
—Y ahí entráis vos— le interrumpió Anya.
—Pues sí, me encontraba en sus dominios, la mano de su hija me daba igual, yo solo quería dinero.
Cuando me condujeron al laberinto me dijeron que un grupo de valientes había entrado recientemente, para no perderse usaron un hilar muy grande que les indicase el camino, ni que decir tiene que se les acabó, por mi parte me oriento muy bien, así que entré con la espada desenvainada.
Caminé durante hora y media cuando escuché un grito, lo seguí y...
—¡Os encontrasteis con el monstruo!— el rostro de Kardiak se tensó tanto recordando un horror que no podía olvidar que Anya, que un principio pensó que el mercenario le estaba tomando el pelo, comenzó a creerlo.
—¡Ojalá fuese solo eso! Sí, vi al monstruo, cuerpo de hombre, cuernos y patas de toro, medía casi tres metros y me sacaba varios cuerpos, no estaba solo, no. Le percutía el culo a un pobre desgraciado que murió a la tercera estocada, por un momento pensé que se le iba a salir por la boca.
—¡Kardiak joder!— contestó ella pálida con mueca de asco.
—Entonces— prosiguió obviando el comentario de su actual jefa pese a que le hizo gracia—, el hijo de puta dice, sí, el cabrón sabía hablar, «te voy a dejar el culo como un bostezo, ñe, ñe, ñe, ñeee», así se reía, y comienza a trotar hacia mí.
No pude esquivar el golpe de todo, me rozó el costado, pero logré hacerle un corte en una de las patas y salí cagando hostias como pude. Yo sangraba mucho, pero con el miedo y la adrenalina pude correr. El monstruo seguía mi sangre, pero también estaba herido y cojeaba. Logré detener la hemorragia a tiempo.
—¿Y luchasteis contra él?
—Para nada, la hoja de mi espada estaba impregnada de uno de los venenos más potentes, como esperaba que el monstruo fuese enorme, prácticamente la bañé en él. En dos horas el hombre toro u torohombre yacía muerto después de jugar a un turbio pilla- pilla con demasiados insultos por ambas partes.
—Y, ¿cómo escapasteis del laberinto? Debías estar desorientado.
—Muy simple, las paredes no eran especialmente altas, así que con mucho esfuerzo escalé una empleando dos dagas de muy buen acero a modo de piolet y fui caminando por encima de ellas hasta la salida, no sin antes cortarle la cabeza al jodido y cargármela a la espalda.
—No parece muy heroico.
—No, pero yo estoy vivo mientras que varios murieron con su culo hecho puré—. Anya volvió a mostrar un gesto de asco en su rostro.
—¿Y la hija del duque se tomó bien vuestro rechazo?— preguntó con un tono que denotaba ironía.
—Les dije al hechicero y al padre que prefería dinero y su respuesta fue ordenar a su guardia que me echase a patadas, aunque me dejó quedarme con la cabeza, la que vendí por buen precio.
—Pues parece que los hechiceros os hacemos ganar más dinero que los nobles— contestó ella irónica.
—Y cicatrices Anya, y cicatrices.
La siguiente jornada transcurrió con tal tranquilidad que ya se encontraban en Kovta, hospedados en una taberna colmada de humo proveniente de las quemadas bocas de fumadores, una orquesta tocaba sobre una tarima música popular con sus instrumentos de percusión y viento, herencia de los habitantes del mundo antiguo en Brenia. Kardiak ya la había escuchado durante sus primeros días en el continente y un irracional amor por ella lo abrazó con violencia. Nunca había escuchado nada igual: podía ser lenta o danzar impetuosa, en especial cuando uno de los músicos improvisaba con aquel extraño instrumento de viento y acero. Anya le explicó que se llamaba «saxofón» y la música, según documentos antiguos, «jazz».
Anteriormente, durante el transcurso, hubieron de cruzar una estructura también de los antiguos, un túnel, pero en vez de estar destinada a usos mineros, se empleaba para cruzar de un lado a otro atravesando la montaña. Pensó despedirse de la hechicera cuando vio su negra boca imponente, no por miedo, sino porque una numerosa guardia permanecía en él para proteger una pintura de los antepasados que poblaron el continente. Kardiak sonrió al contemplar un reseco rostro humano con la figura de un falo rumbo a su boca. No hemos cambiado mucho pensó.
Si decidió continuar el viaje fue por un profundo sentimiento de pereza, no gustaba de rehacer el camino, así que pensó permanecer en Kovta un par de días e internarse en el nuevo territorio.
—Entonces, ¿mañana os iréis?— le preguntó Anya con los ojos adormecidos a causa del humo, ambos permanecían sentados en una mesa céntrica en la que habían cenado y ahora bebían.
—O pasado, vuestro oro me ha venido bien.
—Disfruto de vuestra compañía ¿sabéis?, no todos los días se conoce a un viajero con historias tan interesantes como vos.
Al mercenario no le hacía ni pizca de gracia que lo tratasen como a un noble, pero como su compañera de viaje pagaba bien, obviaba lo que él consideraba una cargante forma de hablar.
—Si en unos años volvemos a encontrarnos y tienes oro suficiente, te acompañaré a Vazan y seré tu guía.
—Buena oferta, mas ¿cuánto pediríais para ayudarme a resolver el problema de Kovta?— Kardiak se encogió de hombros.
—Depende de su dificultad y de si existe.
—Mañana visitaremos al alcalde, exploraremos el bosque y hablaremos de dinero.
Kardiak no respondió, pero Anya se tomó como un sí el largo trago que acometió contra su cerveza.
—Me voy al sobre— contestó lacónico.
Al amanecer, Kardiak fue despertado por su compañera al golpear con los nudillos la puerta de su habitación, cuando Kardiak la abrió la sorpresa de su compañera, ya vestida, fue mayúscula.
El mercenario lucía el torso desnudo, esto no era lo que había impresionado a Anya, sino los cientos de tatuajes azules que lo surcaban conectándose en caóticas líneas que parecían formar figuras de significado oculto. Ahora entendía a lo que el mercenario se había referido al narrarle sus orígenes.
—Nunca... esto...
—Ah sí, es una costumbre hauniu, uno por cada cicatriz, cada tribu emplea un color distinto, el nuestro era el azul porque estábamos relativamente cerca del mar.
—Si os llevaron luego a Nihango siendo un muchacho eso quiere decir que habéis continuado con la tradición del pueblo que os acogió.
Estas últimas palabras parecieron ofender un tanto a Kardiak.
—De mi pueblo— respondió cortante.
—Lo lamento, lo lamento, no pretendía molestaros, pensaba que os sentiríais más nihansei.
—Disculpas aceptadas, me siento de las dos partes, pero en esencia, hauniu.
La conversación terminó cuando ella le informó de que el desayuno estaba servido, él la acompañó una vez vestido cubriendo su exótica armadura con el largo manto. Al terminar partieron rumbo a la casa del alcalde.
—En este pueblo hay algo raro—comentó Kardiak mientras proseguían su rumbo.
—¿A qué os referís?
— Fíjate, permanece gris, como si una nube de pena flotara únicamente sobre él.
Anya, sin embargo, no percibía nada. La mañana era soleada y las calles de Kovta lucían abarrotadas de mercaderes de los dos reinos vecinos, aunque en realidad eran menos de los que esperaba. Tampoco se esperaba que la empalizada de la villa tuviese tantos vigías apostados.
La casa del alcalde no era gran cosa, no destacaba de ninguna otra salvo por su tamaño y porque en el marco de la puerta tenía una placa de mármol calvada que rezaba: «Alcalde». Anya se presentó ante el guardia de la misma y este entró en el domicilio, diez minutos tardó en volver y en permitirles el paso. Cuando entraron, el alcalde, un tipo regordete y un tanto anciano, los esperaba en un recibidor suculentamente decorado de bustos de mármol, pinturas y alfombras imitando un conglomerado de artes vanazíes, demasiado ostentosas para el gusto de Kardiak.
—Sabia Anya, en nombre de Kovta os digo que os recibimos con agrado y más aún si habéis venido a exterminar al mal que corrompe nuestras tierras.— La un tanto aguda voz del alcalde puso especial énfasis al verbo «exterminar».
—¿Vos sois?— preguntó al mercenario.
—Kardiak, guardaespaldas.
—¡Ah, a vos quería yo veros! Pues dicen que disteis muertes a Ognir Pataslargas.
Kardiak tardó en recordar quién era el tal Ognir y cuando lo hubo hecho sonrió, seguramente los secuaces del patizambo habían hablado más de la cuenta.
—Así es.
—Pues más tarde os pagaré las treinta monedas de oro que ofrecían por su cabeza.
—¿Sin pruebas?— respondió.
—El que me las hayáis pedido os libra de cualquier intento de engaño— contestó el alcalde guiñándole un ojo, Kardiak asintió complacido, pero sin llegar a que la labia política del alcalde lo endulzase.
—¿Entonces son ciertas las habladurías?— preguntó Anya.
—Sí, y conocemos la raíz del problema, una historia triste— el alcalde pareció tomar al aire, desgraciadamente para la paciencia de Kardiak, una tediosa narración se avecinaba.
—Como bien sabéis, Kovta es una villa tranquila y rica, tenemos numerosos guardias y buenos ciudadanos. Uno de ellos era un pobre crío llamado Hans cuyo padre lo abandonó y su madre pereció al poco de traerlo a este mundo. El pobre niño nació con una deformidad que lo hacía enorme y con el rostro amoratado e hinchado. Imaginaos la crueldad con la que lo trataban el resto de críos, aunque Hans fuese mucho más alto que el resto, nunca se defendía.
—¿Quién cuidaba del pobre chaval?— preguntó Kardiak que ya había averiguado toda la historia.
—Su abuela, una gran mujer, que sin embargo... murió hace unas semanas. Lo cuidó con todo su cariño y, en el catorce cumpleaños de su nieto... Hans la mató y huyó al bosque. Desde entonces han asesinado a varios de los nuestros y desaparecen varias cabezas de ganado. De los asesinados solo quedan unos huesos si hay suerte, si no la hay, su ropa.
—¡Qué trágica historia!— respondió Anya con los ojos cristalinos.
—Supongo que hay que apresar o matar al crío—preguntó Kardiak con retórica. La hechicera le dirigió una mirada acusatoria de falta de sensibilidad.
—Desgraciadamente, sí— respondió el alcalde con lo que al mercenario le pareció una tristeza fingida.
—El tal Hans, ¿pasaba mucho tiempo en los bosques?— volvió a preguntar Kardiak.
—¿Sabéis algo? Porque así lo cuentan los chicos del pueblo, al parecer gustaba de pasar largas horas escondido en el bosque, eso hace que, incluso para nuestros mejores cazadores les sea imposible encontrarlo.
—Anya, debemos investigar el bosque de inmediato, con solo la entrada nos basta por hoy— la tomó de la mano y se dirigieron a la salida antes de que ella pudiese protestar.
—¿Qué idea tenéis Kardiak?— le preguntó el alcalde, el mercenario, antes de cruzar la puerta junto a Anya se volvió con gran seriedad dibujada en su rostro.
—Rezad porque me equivoque— respondió siniestro.
Cuando ya hubieron abandonado la casa del alcalde, Anya, tras librarse de la mano de su compañero, le preguntó cuál era el motivo de la repentina prisa. Kardiak se limitó a responder en un tono cortante que ponían rumbo al lugar en el que se ocultaba el, en palabras del mercenario, «desgraciado muchacho».
La entrada al bosque de Kovta parecía conducir a un mundo distinto e inexplorado. Progresivamente se fueron acercando a la misma, una fría y húmeda niebla comenzó a acecharlos para después envolverlos completamente. La hechicera apenas podía vislumbrar unos cuantos robles ancianos, pero Kardiak miraba mucho más allá, sus preocupaciones se dirigían al corazón del bosque.
El mercenario desenvainó su espada, la apoyó sobre su hombro y comenzó a caminar sin mediar palabra. Anya siguió su ejemplo, percibió la increíble concentración de su contratado.
El bosque era muy anciano, sus árboles apenas poseían hojas y sus ramas parecían contorsionarse en lúgubres figuras para el entendimiento del ojo humano. De vez en cuando Kardiak se ponía en cuclillas y examinaba el hirsuto suelo, moviendo hojas caídas y tierra. En una de estas ocasiones colocó la palma de su mano en la tierra y puso dirección al norte. Anya ardía por realizar preguntas, pero se sentía tan fascinada por la concentración del mercenario que luchaba por contenerse. De alguna manera percibía que Kardiak sabía lo que hacía.
El mercenario estrujó entre sus dedos un poco de tierra, incluso Anya fue capaz de percibir que estaba más húmeda que el resto, fue entonces cuando Kardiak se dirigió a medio correr hacia un cúmulo de jóvenes rebollos cuyas copas parecían una sola y lucían colmadas de frutos. Sus primerizos troncos eran abrazados por decenas de plantas y helechos, parecía que un nuevo bosque estaba naciendo.
Kardiak rebuscó entre ellos, ni que decir tiene que sus manos fueron heridas por ortigas y espinas varias. Finalmente dio un fuerte tirón y sacó del pequeño bosque un largo fémur impregnado con tierra y pequeñas hierbas.
—Que hijos de puta— murmuró tras un rápido vistazo
—Kardiak, creo que ya es menester el que me expliquéis lo que ocurre— esta vez, al mercenario la forma de expresarse de la hechicera le resultó especialmente molesta.
—Rencor— contestó. Ella mostró un gesto desagradable.
—¿Hemos estado dos horas dando tumbos para deducir lo que ya sabíamos? ¿Que Hans en venganza se ha convertido en un asesino?
—Hans aquí es una víctima más, pero para el alcalde y los que tienen buena posición es más fácil culpabilizar a las víctimas que asumir sus acciones.
—Kardiak, no me hagáis perder más el tiempo, os lo ruego— el mercenario le lanzó una mirada displicente.
—¿Eres hechicera y no te has dado cuenta de que esto es un caso de un rencor de la naturaleza?
Anya, inexpresiva, dudó.
—No sé a qué os referís.
—Los bosques, los mares, las montañas... todos los seres vivos que lo habitan y que lo habitaron forman una especie de conciencia, un espíritu.
—Nunca os imaginé un religioso— replicó ella con cierta ironía—. Jamás he oído ni leído sobre lo que decís. Un bosque es un bosque, y eso que portáis en la mano es un hueso perteneciente a una víctima de Hans, que también es otra víctima de la crueldad humana. Solos nos quedan dos opciones: partir ahora ya que la niebla que nos acecha parece crecer a cada hora que pasa o apresar al niño.
Kardiak soltó una cruel carcajada.
—Este hueso— dijo para después tirarlo a sus pies— es de mucho antes de que el crío «matase» a su abuela.
—¿Qué insinuáis?
—Fíjate en el bosque, es viejo, pero en realidad no lo es tanto, sino que está debilitado. Estoy convencido de que hubo un tiempo en que llegaba incluso más allá de la frontera. Cuando los habitantes de Kovta se instalaron y comenzaron a talar lograron reducirlo a lo que es ahora, sigue siendo un bosque denso, pero no lo es tanto como antaño. Gran parte de estos árboles tienen más de tres siglos porque los nuevos son cortados rápidamente.
Tal vez no fue al principio, pero poco a poco el espíritu del bosque comenzó a pudrirse de rencor y ha esperado hasta ahora para actuar. Estoy seguro de que antes de que acusasen a Hans mucha gente desaparecía aquí.
—Entonces— interrumpió ella— ¿estáis diciendo que todo es un complot?— Kardiak negó con la cabeza.
—No es más que la estupidez y la ignorancia, por lo que deduzco de ti, los brenianos desconocéis las fuerzas de la naturaleza. En todo Vazan los paisajes lucen tan bellos y paradisíacos a vuestros ojos porque son respetados, sus espíritus conviven en armonía con nosotros.
Me imagino que el niño tras matar a su abuela, si es que en realidad la mató, huyó al bosque. El rencor del mismo debió comprender su odio y creo que le ofreció un pacto y que ahora forman un mismo ser.
—Pero entonces— rebatió la hechicera— si lo que afirmáis es cierto, él sabe en este momento donde nos encontramos— dijo sin miedo alguno, pero sí con precaución.
—Eso, u todavía no controla bien sus poderes. Debemos volver, quiero cerciorarme de algo.
—¿Tenéis un plan?— Kardiak asintió.
—Escúchame bien, ante todo tienes que hacer lo que te pida...
Mientras Anya oía la explicación de su compañero, supo que los acontecimientos iban a dar un giro totalmente inesperado.
El cuerpo de la abuela de Hans pese a encontrarse en un estado de extrema sequedad, se conservaba perfectamente. El rostro de la anciana mujer aún era perceptible.
Anya, Kardiak y el alcalde permanecían en el cementerio bajo un sepulcral halo de silencio. Dos trabajadores del lugar en el que descansan los muertos se acababan de retirar tras desenterrar el ataúd de la anciana totalmente nuevo, al alcalde lo acompañaban dos jóvenes guardaespaldas. El jefe de la ciudad no podía contemplar el cuerpo y miraba hacia otra dirección mientras se tapaba la nariz y la boca con un pañuelo de seda.
—Mis señores— decía aun cubriéndose la boca— no entiendo por qué estoy aquí.
—Solo queremos que confirméis si se trata en efecto del cuerpo de la abuela de Hans. Sabemos bien que cualquier buen ciudadano podría realizar tal tarea, pero nadie mejor que vos, pues gozáis de nuestra confianza— contestó Anya con lo que al mercenario le pareció una extrema y mal fingida lisonjea.
Sin embargo, el alcalde cayó del todo en ella.
—Os confirmo sin duda que se trata de ella, una gran mujer.
—¿Cómo murió?—intervino el mercenario.
—Hans la mató empleando un hacha de cortar leña.
—¿Os importa que examine el cuerpo?— volvió a preguntar Kardiak.
—En absoluto—contestó el alcalde— sin embargo, preferiría no mirar.
—Como gustéis buen señor—dijo Anya— mas os pido que permanezcáis aquí, seguro que con vuestra opinión se esclarece el entuerto.
A Kardiak el estilo de su compañera cada vez le parecía más forzado, luchó por no mostrar una sonrisa incómoda. El alcalde se limitó a asentir, pero miró de soslayo a los dos guardaespaldas que lo escoltaban.
El mercenario comenzó su trabajo, nadie salvo Anya, ya acostumbrada a investigar y experimentar con cuerpos inertes, se atrevió a mirar. Kardiak no tardó en dar con aquello que buscaba.
— Lo confirmo—comenzó— heridas de hacha muy afilada, aunque no llegó a amputar ningún miembro del todo casi le lleva el brazo izquierdo por delante.
—Hans siempre fue muy fuerte, incluso de niño.
—Pero no hacía daño a nadie— le interrumpió Kardiak.
— En efecto, en ocasiones el resto de chiquillos se excedía con él.
—Sin embargo— replicó el mercenario—, hay un problema.
El alcalde trató de simular el sonrojo de sus mejillas manteniendo una mirada firme, parecía un niño recién descubierto cometiendo una trastada.
—No sé a qué os referís.
Fue Anya la que contestó, pues el mercenario le había explicado sus sospechas durante el retorno a Kovta, y, vistas ya las fatales heridas de la anciana, le dio la razón al mercenario.
—Las heridas son postmortem.
Los dos guardaespaldas miraron al unísono a su jefe, pero antes de que pudiesen desenvainar sus espadas, una fuerza invisible los empujó violentamente, cayéndose de bruces. Antes de que el alcalde pudiese decir algo, el filo de Kardiak ya se encontraba acariciando su cuello.
—Anya, ¿cuánto me pagarán por un alcalde hijo de la gran puta?
—Demasiado poco— contestó impasible.
Los dos guardias lograron levantarse e intentaron huir no sin trastabillar en varias ocasiones, sin embargo, sin siquiera mirarlos, la hechicera dio un secó movimiento de mano que les hizo tragar tierra. En realidad, si ella y el mercenario se enfrentasen en un combate, cualquiera de los dos podría resultar vencedor, el que tuviese la fortuna de ser más veloz se llevaría la cabeza del otro, pero eso no iba a pasar.
—¿¡Qué significa esto!?— Kardiak le propinó tal cabezazo que el crujido de su nariz asustó a Anya. La frente del mercenario lucía manchada de sangre que no le permanecía.
—Hans era un mal negocio, ¿verdad? En cuanto el bosque empezó a matar gente le echasteis toda la culpa a un pobre muchacho deforme que acababa de quedarse solo en el mundo porque el rebaño se tragaría fácilmente todo lo que dijeses de él, ¿me equivoco? Me juego el cuello a que esos dos mindundis.— Señaló a los inconscientes guardaespaldas— eran dos maltratadores habituales de Hans.
—En cuanto el rey se entere de esta asechanza...
—¿Estáis seguro?— replicó Anya orgullosa como un gallo de pelea—¿Acaso no sabéis quién soy? Mi nombre es Anastasia Kopekryn, tercera hija del duque de Longsville, ¿a quién creerá el rey de Agna?, ¿a vos u a la hija de un poderoso aliado?
La casa Kopekryn era la segunda más poderosa del Imperio Boznik y una de las más longevas y respetadas de todo Brenia. Desde un principio Kardiak supo que su clienta era de noble linaje, pero nunca se imaginó que viajaba con una persona tan importante.
Si lo hubiese sabido le habría cobrado el doble, pensaba.
El resto sucedió muy rápido, el alcalde se sumió en un violento sueño tras un, considerado por Kardiak, suave puñetazo en la nariz de nuevo.
—Debo insistir en que me permitáis acompañaros.
—Sabes bien que alguien tiene que ocuparse de este cabrón— dijo señalando al alcalde con la mirada—. Además, no querría que alguien tan importante como tú fuese herida— dijo no sin cierta sorna.
—Ya os dije que hablaré con el capitán de la guardia, como acordamos, también pienso enviarles cartas tanto a mi padre como al nuevo rey de Agna para que se encargue de la situación, conozco bien al rey.
— También acordamos que lo vigilarías, además, aunque los de la guardia te obedezcan, que lo harán porque el nombre de tu familia acojona a cualquiera y tú fama también, me quedo más tranquilo.
Kardiak sabía que la fama de Anya como reputada hechicera recorría todo Brenia, pero no que todos sus habitantes eran sabedores de su linaje, la mayoría de las veces que había escuchado su nombre se referían a sus aventuras como hechicera.
—Os haré caso, pero solo esta vez.
El mercenario sonrió y puso rumbo hacia donde se ocultaba Hans, el desdichado.
—Ven a buscarme cuando la niebla del bosque se disipe, si no he vuelto en dos días, tú sabrás que hacer y, por cierto, te pienso cobrar el triple ahora que sé que manejas panoja.
Antes de que Anya pudiese terminar de reírse Kardiak había desaparecido, muy su pesar, ya empezaba a echarlo de menos.
—Menudo marrón me ha dejado el condenado— dijo a la nada para después sentarse sobre el inconsciente cuerpo del alcalde.
Kardiak aún se encontraba asombrado por el linaje de Anya, más tarde se enteraría de que la misma no era hija directa ni bastarda, sino que su historia era de lo más novelesca. Según decía el propio duque de Longsville, él y su esposa se encontraron durante una merienda en el campo con una recién nacida abandonada en una cesta entre los matorrales. Los recién ascendidos duques se prendaron de la niña y la adoptaron como hija propia con todos los derechos. Como le diría la hechicera en el futuro, su hermano y sus dos hermanas mayores también la acogieron como una más, sin embargo, ella decidió estudiar hechicería para ser útil al mundo y, cuando se considerase preparada, ser la hechicera de la corte de su padre.
Kardiak había escuchado historias sobre la casa Koperkryn y sentía simpatía por ella, pues la leyenda decía que su mismo fundador había sido un mercenario al que el emperador de aquellos distantes siglos ascendió a noble y comandante supremo del ejército imperial.
Pero ahora tenía otras cosas por las que preocuparse.
Largas horas hacía ya que deambulaba por el bosque de Kovta, el paisaje apenas cambiaba durante el trayecto, más que un bosque parecía un osario de árboles.
El objetivo de Kardiak no era otro que el corazón del bosque, pues sabía que Hans allí se ocultaba, sin embargo, el mercenario esperaba ser atacado antes de llegar. El antaño joven maltratado ahora tenía algo nuevo a lo que proteger, y daría su vida si fuese necesario.
Los temores de Kardiak no eran infundados, al fin sintió una presencia, una sombra vacua que se alargaba por todos los recovecos del bosque, si bien se había sentido observado desde el principio, ahora ya se sabía que Hans lo acechaba.
«Tú no eres como el resto» susurró una voz que se deslizaba entre los árboles, parecía producto del viento acariciando las caducas ramas, pero era imposible, en el bosque no había viento, solo silencio sepulcral.
«¿Quién eres? Veo mil rostros en ti, mil sensaciones. ¿Eres como yo?»
Kardiak desenvainó.
—Muéstrate Hans, no soy tu enemigo, o al menos no deseo serlo.
Una horrísona carcajada sacudió los árboles.
—Deseas bien, valiente guerrero. No te conozco, pero sé que tú eres como yo fui, un ser que no se siente de ninguna parte. Me equivoco, tú no eres uno, eres varios.
Silencio.
El mercenario escuchó a su espalda un cúmulo de fuertes pisadas, unos arbustos se agitaron con fuerza, Kardiak se volvió y contempló a la criatura, o al menos el proyecto de ella.
Diez metros de altura y seis gruesas patas de un material similar a la roca, su cuerpo era una esfera ebúrnea que comenzó a agitarse. Un angelical e imberbe rostro juvenil manó de ella, pese a sus delicados rasgos, inspiraba una maldad inefable.
— ¿Sorprendido? Sabrás que antes era horrible, pero ahora todo va a cambiar.
Kardiak maldijo en sus adentros haberle pedido a Anya que no lo acompañase, si Hans no atendía a razones el desenlace podría ser fatal.
—¿Escucharás mi propuesta o pasamos directamente a la acción?— preguntó haciendo gala de una sangre fría sin igual pese al miedo que se apoderaba de su corazón.
Hans rio.
—Adelante pues.
—Comprendo tus acciones, me parecen totalmente legítimas y seguramente yo haría lo mismo, pero me han pagado para poner fin a esto. Tan solo te pido que te instales en otro lugar, sé que matas no solo por venganza, también para completarte. Ve a cualquier otro sitio, yo recibo mi paga, tú haces lo que tengas que hacer y adiós muy buenas.
Hans no reaccionó, muchos fueron los valientes que se habían osado enfrentar a él, pero ninguno de ellos le había realizado una propuesta semejante.
—Ya es tarde para eso, el bosque y yo volveremos a poblar nuestro hogar y yo me vengaré por lo que me hicieron a mí y a mi abuela— Kardiak mostró gesto de duda.
—Supongo que no lo sabes. Cuando nací mi madre murió y mi padre abandonó Kovta muerto del asco. Fue mi abuela viuda la que cuidó de mí, fui su maldición.
Habría aguantado que los habitantes se cebasen conmigo, pero desde que se hizo cargo de mí la marginaron, nos tiraban piedras y nadie nos vendía comida. Si sobrevivimos fue por nuestro pequeño huerto y porque aprendí a cazar... lloraba todas las noches, maldecía mi cuerpo, mi rostro. El pesar que había traído a mi familia. La tristeza pronto se convertía en odio y rencor, pero allí estaba ella.
«La belleza yace en nosotros, hazle caso a tu abuela»
«¿Pero por qué tuve que nacer tan horrible, por qué tuve que nacer?» le preguntaba.
«Tu abuela lo sabe querido, hay algo en nosotros que crece como una rosa, tan solo has de dejarla crecer siendo un buen niño».
Y yo, desdichado de mí, la creía. Cuando murió por su avanzada edad pedí ayuda a los ciudadanos, pero todos me acusaron de matarla y de estar maldito, cosa que nunca antes se habían atrevido a pronunciar. Hui al bosque entre lágrimas, él me escuchó y...— Hans detuvo su narración, pues sangre se deslizaba por la empuñadura de la espada de Kardiak, tal era la fuerza nacida de la impotencia que manaba de él.
—Te... ¿te apenas de mí?
Kardiak se desabrochó el manto que cubría todo su cuerpo y lo dejó caer, quedó al descubierto toda su, a los ojos de los brenianos, exótica armadura, solo que esta vez era visible un objeto que no había mostrado a nadie desde su llegada al continente.
Un oblongo sable sin vaina cuya hoja cristalina y amenazante inspiraba la capacidad de sajar cualquier material. No poseía la cruceta típica de las espadas, sino una figura en forma de violácea flor cumplía la función de guardia. Una simple mirada bastaba para confirmar que aquel sable no era corriente.
El mercenario desabrochó su espada del cinto y la lanzó lejos para después blandir el misterioso sable con las dos manos. Una sombra de tristeza envolvía su rostro.
—Sé que no te detendrás, me inspiras lástima, y por eso te daré una muerte honorable, me esforzaré al máximo.
El nuevo rostro angelical y bello de Hans, fruto de su pacto con el rencor del bosque, pareció disgustarse.
—Dime tu verdadero nombre, hombre de las mil almas.
Y fue Hans el primero y el único que escuchó el verdadero nombre de Kardiak en Brenia. El tiempo pareció detenerse, ambos se lanzaron a la trágica contienda.
Desde un principio, Hans supo que el mercenario iba a ser su ejecutor, pero no se rendiría sin luchar, no quería fallar al rencor del bosque, el único que, sin mencionar a su abuela, lo había aceptado plenamente. Desde un principio supo que Kardiak no luchaba solo, pues una misteriosa aura añil, imperceptible para el ser humano, parecía protegerlo.
El mercenario esquivó el primer golpe, una punzante estocada procedente de las dos patas delanteras de Hans, sin embargo, el cuerpo de la criatura dio un brusco giro mientras barría la tierra con las traseras, una capa de tierra se levantó y un seco sonido recorrió como un funesto mensaje todo el bosque.
Hans no sabía cómo, pero un humano estaba deteniendo sus dos patas valiéndose de su fuerza, el sable de su oponente parecía rugir, pero no estaba vivo, pues sentía el alma pura de su rival en todo momento fluyendo a través de él mientras apretaba con vehemencia sus dientes.
Ambos retrocedieron de un salto, la criatura estaba desconcertada, pero cargó de nuevo empleando todo su peso, Kardiak hizo lo mismo.
Largas fueron las horas siguientes en las que la encarnizada lucha no cesó en ningún momento. El combate consistía en un intercambio de golpes entre las patas de Hans y el misterioso sable del mercenario criado en Vazan, el sonido de los impactos era perceptible incluso en Kovta. Cuando un ataque parecía alcanzar a Kardiak, él, misteriosamente, lo evitaba en el último momento, una densa nube de batalla se levantaba allá por donde pasaban.
Aunque parecía que avanzaban movidos por el fragor del combate, Hans tenía un plan. Viendo que no podía derrotar al misterioso guerrero usando solo la fuerza, decidió arriesgarlo todo a una única carta.
Kardiak no se dio cuenta hasta cuando se vio atrapado entre la criatura y un despeñadero.
—¡Me da pena que todo acabé así! ¡Pero el destino ha querido que solo quede uno!— gritó la criatura entre exultante y apenada.
El mercenario cerró los ojos y se colocó el filo del sable en el rostro. Volvió a tomar la posición de combate y suavemente describió un misterioso semicírculo con el sable en el aire, que comenzó a brillar del mismo color añil que el aura de Kardiak.
—El mundo siempre será por y para los depredadores, los fuertes permanecen y los débiles mueren, siempre pensaré que aquellos que no viven como quieren y se escudan en su debilidad no merecen más que desaparecer. Tienes un alma fuerte amigo mío, mis dos pueblos creen en la reencarnación ¿sabes? Rezaré para que en tu próxima vida te reencarnes en un cuerpo digno de tu alma.
Hans emitió un diabólico alarido y trotó hacia su rival, por el contrario, Karidak permaneció en una extraña posición a ojos de la esgrima breniana. El sable sobre su cabeza en vertical con su cuerpo, la mano izquierda sujetando la parte más inferior de la empuñadura y la derecha el extremo más cercano a la guardia. Una posición agresiva y sin defensa. La luz procedente del sable susurraba un extraño zumbido.
Una feroz incisión partió en dos el cuerpo, más bien una crisálida, fruto del odio de Hans y del rencor del bosque, lo último que vio Kardiak fue al ser más noble y hermoso que había contemplado en toda su existencia precipitarse al vacío mientras se descomponía en un alboreo polvo tintineante. Por primera vez en mucho tiempo, sonreía.
No fue arduo para Anya encontrar a Kardiak una vez hubo seguido un afligido canto en una lengua extraña. El mercenario yacía sentado al borde del despeñadero apoyando su sable en uno de sus hombros. Su armadura se encontraba completamente impregnada en tierra y sangre, el corazón de la hechicera se aceleró. Quiso llamarlo, pero no deseaba interrumpir el ritual que Kardiak estaba realizando.
Escuchó el triste lamento en forma de canción varios minutos más hasta que el mercenario se detuvo. Tenía los ojos cerrados, una suave brisa acarició su cabello.
—Viste Hans— le dijo Anya en un sollozo. Kardiak asintió sin volverse.
—Parecía un ángel.
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