Abandona la carne

La implacable lluvia comenzaba a hendir el paraguas de Trevor mientras esperaba a su compañero y mejor amigo: Hideo. En realidad, se encontraba a escasos metros de la entrada de su trabajo, pero no le apetecía moverse, además, le gustaba el repiqueteo de la lluvia; le ayudaba a ordenar sus pensamientos.
Cuando recibió la llamada de Philip Lacroire, su superior y jefe de la BCIP(Brigada Contra la Información Peligrosa) a menos de una hora y media para que terminase su turno, se esperó lo peor y en efecto, las circunstancias no apuntaban en buena dirección.
—Es un tema un tanto extraño... extraño y escabroso— había comenzado a informarle—, ya he avisado a Hideo para que te recoja a la entrada. No creo que tarde—
Mal asunto, pensó Trevor, rara era la ocasión en que su jefe no le informaba detalladamente sobre un caso. Maldijo el no haberse acordado de preguntarle a algún otro compañero de la brigada.
Escuchó el motor del vehículo de Hideo en la distancia de la noche creciente, en un par de segundos vislumbró sus focos y cuando quiso darse cuenta el coche ya estaba detenido frente a él. Un modelo deportivo de cuatro plazas diseñado para parecer antiguo pese a que sus componentes eran totalmente nuevos.
—Te he hecho esperar ¿eh?
Hideo Mandyard era de ascendencia oriental, apenas quedaban ya rasgos de dicha raza en su rostro, pero los que poseía eran muy marcados. Tenía el cabello negro y largo en forma de tazón, haciendo apenas visible su frente y estaba tan delgado que daba la impresión de ser un debilucho, sin embargo, bajo su ropa se encontraba un cuerpo fibroso y entrenado día a día en varios tipos de artes marciales, práctica común en casi todos los miembros de la brigada, sin embargo, Hideo era un luchador nato. Anteriormente había sido inspector de policía en los barrios más peligrosos de Downpour City, y, ahora ya bien entrado en la treintena y con todos los errores de novato eliminados, era uno de los agentes más efectivos. Nadie gustaba de verlo enfadado, no obstante, lo que hacía de Hideo un miembro único para la BCIP era que, a excepción del dispositivo de comunicación privado y secreto de la brigada (CODEC), su cuerpo era totalmente humano. Si bien Hideo no tenía nada en contra de los cuerpos prostéticos y comprendía todas sus ventajas, sus fuertes creencias fruto de sus raíces y de sus lecturas de pensadores del mundo antiguo le había llevado a tomar la decisión de no emplear uno.
Trevor subió al vehículo, ahora la lluvia repiqueteaba violentamente contra la carrocería.
—Sí que me has hecho esperar, ¿se puede saber por qué has tardado tanto?— le preguntó en un intento de no parecer indignado.
—A diferencia de otros, tengo necesidades biológicas y el jefe me pilló en plena faena— replicó Hideo con sonrisa burlona.
El motor rugió y comenzó su travesía bajo la tempestad, Trevor quiso distraerse con el sonido del parabrisas combatiendo a la lluvia, pero la tardanza de su compañero, su triste excusa y todo el misterio que rodeaba al caso lo tenía demasiado confuso. Sentía como sus pensamientos inconclusos bullían caóticos en su cerebro cibernético.
—Sigo sin entender cómo con el sueldo que tienes no te compras de una vez un cuerpo prostético— zahirió tratando de provocar a su compañero.
—Ya sabes lo que pienso, quiero morir, es el ciclo natural de las cosas.
—Pues no hagas una copia de seguridad de tu cerebro, además, así no tendría que esperar bajo la lluvia a que termines de cagar— Hideo soltó un bufido amistoso y sin quitar la vista de la carretera le hizo un corte de manga a Trevor mientras sujetaba el volante con una mano.
—¿Es que tampoco puedes poner el piloto automático como hace todo el mundo?— la respuesta de Hideo fue pisar aún más el acelerador.
—No confío en las maquinas, son tan perfectas que cuando cometen un error acaban creando perfectas desgracias.
—Pues si fueses inmortal podrías verte todas esas películas viejas que tanto te gustan— su compañero se encogió de hombros.
—Ya me las he visto todas.
Se mantuvieron en silencio, por la ruta que estaban siguiendo Trevor dedujo que se dirigían a un barrio obrero, cada vez se encontraba más intrigado.
—¿Cómo está Tomiko?— terminó por preguntarle a su compañero.
Tomiko era la hija de Hideo, de apenas once años. Trevor la quería muchísimo, tanto que ella lo llamaba «Tío Trevor», y él, una persona considerada como fría por aquellos que no eran sus amigos, ostentaba ese título orgulloso. Incluso había ejercido de niñera en varias ocasiones cuando Hideo y su esposa decidían pasar una noche juntos o incluso un fin de semana. Hideo pensaba que el interés de Trevor por los niños pequeños estaba relacionado con su propio origen, pues, desgraciadamente, sus padres habían fallecido en un accidente cuando su madre estaba embarazada de siete meses. Los doctores pudieron salvar la vida del bebé, pero su cuerpo estaba tan débil que no habría durado más de dos noches de no haber sido por un cuerpo prostético de última generación que había donado el mismo hospital, pues la buena prensa era muy importante.
En efecto, Trevor se había criado con un cuerpo prostético, y aunque estaba programado para simular todas las fases de crecimiento de un niño, no podía ser lo mismo. Además, cada vez que cambiaba a un cuerpo más grande concorde a su edad debía pasarse varias semanas de internamiento en el hospital.
Trevor había vivido sin experimentar la carne, lo que hacía de él una persona extraña, a veces parecía mirar a un lugar al que los demás no podían acceder, sin embargo, caía en gracia a todos sus compañeros, y en especial, a Tomiko, a la que, en un principio, hacía unos tres años, cuando ambos compañeros se conocieron, miraba con un interés analítico casi científico, sin embargo, pronto el encanto de la niña hizo mella en él. A Hideo le sorprendió que una persona tan distante en primera instancia y que había sido un ciborg toda su vida se hubiese apegado tanto a un ser humano, la mayoría de las personas que se mudaban a un cuerpo prostético mostraban singulares cambios en sus comportamientos e incluso en sus creencias.
—Le va todo muy bien, incluso le gusta ir al colegio, por cierto, Emma insiste en que tienes que venir a cenar.
—En cuanto pueda, iré.
Siguieron circulando un cuarto de hora más mientras Hideo se preguntaba cómo sería el sentido del gusto siendo un ciborg, finalmente, atravesaron una calle esquinada que los llevó a un bloque de apartamentos.
—Hemos llegado, no sé lo que nos espera, pero me da a mí que es uno de los gordos.
Para la desgracia de tener que extender su turno indefinidamente, Trevor tuvo que darle la razón.
Si a Hideo le hubiesen dicho que no se encontraba frente a la escena de un crimen, sino ante una recreación de un asesinato de película de terror, se lo habría creído. En el momento en el que cruzó la puerta tuvo que cubrirse instintivamente la nariz y boca. El olor era un conglomerado de sangre, químicos y carne quemada. El cuerpo era lo primero que uno se encontraba al entrar en el pequeño apartamento: un esqueleto sobre una mesa de madera que apenas tenía rastros de carne. Por todo el suelo fluía sangre coagulada.
—¡Joder! Menos mal que puedes desactivar tu olfato, huele a hostias— admitió Hideo todavía con la nariz tapada.
Antes de que Trevor pudiese contestar, una voz femenina que conocían bien habló.
—Imaginaos mi cara cuando me lo encontré.
Meryl estaba ante ellos y le tendió a Hideo una mascarilla médica que el descendiente de orientales aceptó vehemente.
Meryl era la experta de la brigada en tecnología y en medicina, una joven prodigio de veintidós años que ya era una médica licenciada con honores y una exhacker de sombrero negro de primer nivel. Los mismos Hideo y Trevor habían sido los que la habían detenido dos años atrás en un peligroso caso de ciberterrorismo que, de no haberlo evitado, habría desplomado la economía del país. En su informe habían alabado las capacidades de la joven y de que no compartía la ideología de los terroristas, sino que más bien era una especie de mercenaria. En escasas horas, el jefe, Philip Lacroire envió un trato a Meryl: quince años de cárcel o trabajar en la brigada, ella, sintiéndose en una encerrona, aceptó de mala gana, sin embargo, en apenas año y medio se dio cuenta de que ahora formaba parte de una familia. Todos los miembros la trataban con cariño y respeto sin hacer mención a su pasado criminal, sintiéndose tan querida informó a su jefe de que le gustaría pertenecer a la brigada indefinidamente. Aún recordaba con nitidez y gran cariño la fiesta que le habían organizado los agentes que la habían detenido en un principio.
Trevor escrutaba el esqueleto mientras Hideo contenía el aliento y la exhacker informaba.
—Sheryl Baker, 27 años, trabajadora de una pizzería no muy lejos de aquí, causa de la muerte... desconocida. Parece que la han desollado pero no hemos podido concretar si estaba viva en el proceso, sin embargo, con el olor a químicos de la zona me atrevo a afirmar que lo fue bajo anestesia. Los brazos y piernas fueron amputados para después ser colocados de nuevo.
Trevor la interrumpió— apenas hay restos de carne y los huesos no parecen dañados a simple vista salvo en los puntos de incisión.
—Ahí quería llegar, han empleado un quirófano de última generación... pero es imposible.
—¿Por qué?— preguntó Trevor.
—Cuestan un año de tu sueldo y son enormes, si se ha empleado algo parecido alguien tendría que haber construido uno... portátil y no existen.
—Imagino que no hay rastro de pisadas ni nada por el estilo.
—Desgraciadamente no, salvo por la sangre, todo está limpio.
Trevor quiso preguntar a Hideo su opinión, pero el agente, superado ya el mal olor, se encontraba registrando el piso junto al resto de agentes. Hideo salió de la habitación perteneciente a la víctima con varios libros en los brazos y comenzó a leer sus títulos en voz alta.
Tao te king, Así habló Zarathustra, Más allá del bien y el mal, una especie de recopilación de estudios sobre filosofías orientales, la Metafísica de Platón y La divina comedia.
—Libros del Viejo Mundo— comentó Trevor
—De grandes pensadores— matizó su compañero.
—He leído varios, me falta La divina comedia— intervino Meryl.
—¿Y qué importancia tienen unos cuantos libros viejos?— preguntó Trevor.
—He registrado toda la casa y solo tiene estos, no parece una lectora y estos libros son demasiado densos y complejos para alguien no acostumbrado a leer—. Trevor se limitó a encogerse de hombros mientras cogía Más allá del bien y el mal. Comenzó a hojearlo.
—Hay varios fragmentos subrayados y algún que otro apunte.
Hideo y Meryl realizaban la misma tarea y obtuvieron el mismo resultado, pero en la última página de la Divina Comedia Meryl se encontró con un dibujo llamativo y lo mostró.
—¿Una esvástica?—preguntó Trevor—Está un poco torcida, supongo que habría que preguntar si pertenecía a una ideología minoritaria.
Las ideologías minoritarias eran aquellas que con el paso de los siglos se habían quedado estancadas normalmente en la juventud de clase baja o en el ámbito universitario: comunismo, nacional socialismo, fascismo... a estas se añadían también religiones antiguas como el cristianismo. La mayor parte de sus miembros eran jóvenes más o menos organizados que se autoproclamaban «revolucionarios» o «profetas». Lo máximo que llegaban a realizar era tirar un cóctel molotov a un banco u embajada o a reunirse en las calles para predicar a los transeúntes. También solían pelearse entre ellos.
A Trevor estas ideologías le parecían una estupidez, pensaba que lo que hacían estos jóvenes no era muy distinto a un niño pequeño cuando se disfraza de bombero; simulación, una especie de deseo de pertenecer a una comunidad u grupo distinto y de alguna u otra manera reprimido para así rellenar un sentimiento de vacío que solían tener los jóvenes a ciertas edades, aunque él nunca lo había experimentado. Mismamente, Hideo había sido un ferviente comunista que abandonó la ideología al percibir cómo eran sus «camaradas». Trevor pensaba que su compañero comprendía tan a la perfección la ideología que terminó por desistir al comprobar que la lucha estaba muerta pero que, en el fondo de su corazón, seguía creyendo en ella.
Sin embargo, una ideología del viejo mundo se mantenía poderosa: el anarquismo. En un mundo completamente informatizado y automatizado el anarquismo se mostraba como una ruptura tan radical contra el sistema que había atrapado a miembros de todas las clases. Por ejemplo, la mayoría de los hackers y terroristas eran anarquistas, de todas formas, el que entendía de estos temas era Hideo, pues a Trevor no le interesaban lo más mínimo.
—No es una esvástica, sino un símbolo solar oriental, creo que simboliza el eterno retorno, pero no estoy muy seguro— matizó Hideo.
—Me gustaría que revisases las anotaciones de la víctima, mientras tanto iré a interrogar a varios conocidos.
Eran las seis de la mañana cuando la cafetería acababa de abrir y ya había un cliente. Un tipo de gabardina con rasgos orientales que había pedido un café bien cargado con una tirada de whisky. La camarera supuso que poseía un cuerpo humano completo, pues lucía demasiado cansado, y en efecto, así lo estaba. Hideo había estado leyendo todas las anotaciones como así le había pedido su compañero y superior, en un principio, no se esperó gran cosa. Su sorpresa fue mayúscula al encontrarse con un auténtico esquema de relaciones entre obras. Todos los libros tenían varios fragmentos subrayados relacionados los unos con los otros y, lo que más cansaba a Hideo era sin duda, no relacionarlos, sino los cambios de estilo. Le resultaba muy costoso cambiar del estilo de Nietzsche al de Lao Tse o al de Dante, además, la mayor parte de las anotaciones eran muy escuetas, en algunas simplemente aparecía escrito: «relacionado con D.Comedia, pág 34», por lo que una fuerte pesadez en los ojos y dolor de cabeza obnubilaban la mente del agente que, pese a disfrutar de dichas lecturas, no era capaz de mantener una concentración plena a esas horas de la madrugada y menos aún con tanto cansancio acumulado y ganas de ver a su familia.
—¿Más café?
La voz de la camarera lo expulsó de La divina comedia justo en el Canto VIII en el cual se prohíbe la entrada de Dante en la ciudad infernal de Dite, Hideo dudó unos segundos, pero finalmente asintió y le mostró a la trabajadora una sonrisa para disculpar su amodorramiento mental, ella le devolvió la sonrisa y le rellenó la taza con una buena cantidad de café.
El CODEC de Hideo comenzó a retumbar en su sien, se imaginó que sería Trevor, pero como no poseía ninguna mejora prostética no podía saberlo. Cuando descolgó fue la voz de su compañero la que habló.
—¿Tienes algo?
—Nada, solo son notas relacionadas en las que se resaltan los parecidos entre las obras, ¿cómo te ha ido a ti?—Trevor enmudeció unos instantes.
—La víctima era una trabajadora corriente, estaba ahorrando para comprarse un cuerpo prostético y según sus conocidos no tenía hábito de lectura alguno.
La mayoría de las personas en cuanto reunían una buena cantidad de dinero solían comprarse un cuerpo prostético, lo más habitual era pagarlo en plazos y por partes, sin embargo, los más ansiosos preferían comprarlo entero de una vez. La única forma de conseguirlo gratis era mediante la seguridad social, y para eso se debía calificar el cuerpo del solicitante como «incurable» o «inoperativo».
—Un cuerpo prostético... ahora que lo dices...— Hideo abrió el Tao te King y Así habló Zaratustra justo por dos fragmentos relacionados que le habían llamado la atención, en ellos la víctima había relacionado el concepto de alma y Übermensch con el Tao.
—Creo que a la víctima le interesaba la Teoría Fantasma.
Hará dos siglos, con la llegada de los cuerpos prostéticos, surgieron los primeros esbozos de la Teoría Fantasma, pero no recibió dicho nombre hasta época reciente. Según esta teoría la pureza del alma humana solo se alcanzaba al obtener un cuerpo prostético, pues de esta manera el ser humano se desligaba de las ataduras de la carne y de todos los impulsos biológicos que conlleva. Ahora, además, la inmortalidad era una realidad plausible, pues todos los datos de un cerebro podían ser transmitidos a uno prostético, aunque bien era cierto que a partir de la tercera vez era muy posible que el proceso fallase. Sin embargo, lo importante era que el ser humano había perdido el miedo a la muerte, pues, aún existiendo, en un futuro no muy lejano llegaría a estar considerada igual que el cáncer: una enfermedad de tiempos antiguos.
—Sé a lo que te refieres... tal vez esté relacionado con la manera en la que encontramos el cuerpo, todo hueso y sin rastro alguno del cerebro.
—De todas esto no nos ayuda mucho por el momento.
El CODEC de ambos comenzó a sonar, era Meryl llamándolos a la vez. Cuando Trevor descolgó la llamada y el rostro de su joven compañera surgió tras la pequeña ventana que aparecía en la retina cuando se empleaba el CODEC si se poseía un cuerpo prostético comprobó que se encontraba atemorizada. El rostro de Hideo, por su parte, no era más que un monigote oscuro.
—Tenemos otro cuerpo.
La segunda víctima apareció en las mismas circunstancias que en la primera, mismos olores y misma posición. El cuerpo también había sido tratado con la misma precisión.
—Nos va a ser muy difícil evitar que esta mierda se filtre a la prensa— se quejó Trevor—¿Sabemos quién es?
—Albert Fanett— comenzó Meryl leyendo la información obtenida mediante sus ojos cibernéticos—, profesor de matemáticas en el instituto del distrito, que sepamos no hay relación alguna con la víctima anterior.
Como la BCIP se encargaba de ocultar a la prensa todos los casos informativamente peligrosos para el Estado, los únicos agentes en el apartamento sin contar a Hideo, Meryl,Trevor y un par de agentes de campo, eran toscos androides cuadrúpedos similares a las arañas solo que del tamaño de una persona. Se estaban encargando de analizar químicamente y fotografiar toda la escena del crimen.
Hideo y Trevor comenzaron a registrar la casa, no había nada fuera de lo normal, lo más destacable era que esta víctima sí tenía muchísimos libros siendo la mayoría de temática científica relacionados con las matemáticas, como informó Hideo. Fue su compañero quién realizó el hallazgo esta vez. Exactamente los mismos libros que la víctima anterior. Hideo escrutó los volúmenes.
—Son de la misma editorial y todos comentados por la misma autora: Ann Mihtroskya— el agente de origen oriental abrió La divina comedia y encontró en la última página el símbolo solar, pero esta vez mejor dibujado.
Nada más su compañero pronunció el nombre, el cerebro de Trevor se sumió en la base de datos de la brigada buscando información sobre él.
—Ann Mihtrokya, catedrática de antropología en la Universidad de Downpour City, también experta mitóloga y en cultura antigua oriental. Dejó su cargo hace dos años y desde entonces su paradero es desconocido.
—Mierda— se quejó Hideo.
Antes de que pudiese continuar lamentándose, el CODEC de los tres agentes comenzó a agitarse con vehemencia, se esperaron lo peor y así fue cuando la voz de su jefe les informó de que habían aparecido cuatro cuerpos más.
Hideo inspeccionaba el cuerpo de la segunda víctima mientras su compañero recibía las imágenes e información de las nuevas víctimas.
—No hay conexión entre ellas, son pertenecientes a todas las clases sociales, lo único que tienen en común son el estado de los cadáveres y los libros comentados por la doctora.
—Tiene que haber una segunda persona, la doctora no tiene conocimientos de medicina y muchos menos el presupuesto necesario para manejar un quirófano portátil.
Su compañero tenía razón, debía de haber un cómplice, también cabía la posibilidad de que la antropóloga no tuviese nada que ver y que un demente se hubiese obsesionado con las conclusiones a las que llegaba en sus investigaciones y comentarios de las obras del Viejo Mundo, pero el dibujo que Trevor consideraba una simple esvástica apuntaba a una secta o sociedad secreta. Carnaza para la prensa, pensó.
Sin duda lo que más le frustraba era no poder crear un perfil del criminal, los asesinatos estaban tan perfectamente ejecutados y las escenas de crímenes tan limpias que lo impedían. Tanto Trevor como Hideo al ver como había sido tratado un cuerpo y analizar la escena del crimen podían crear un perfil criminal que les permitiese adelantarse al mismo, sin embargo, no había sentimiento alguno en el tratamiento de los cadáveres.
—Trevor— le llamó su compañero—, sé que esto suena alocado pero... ¿y si no son asesinatos?
El agente cuyo cuerpo era prostético al completo miró a los ojos sin expresión alguna a su compañero y amigo.
—Para nada me suena alocado viendo lo que hay— contestó sincero—, explícate.
—Fíjate, en ninguno de los cadáveres hay signos de resistencia, pero si de anestesia... si relacionamos esto con los libros...
—No los he leído, así que soy incapaz de hacerlo— Hideo se encogió de hombros y le dirigió una sonrisa burlona y amistosa.
—Podemos dividirlos en tres categorías: filosóficos, que serían los de Nietzsche, espirituales: Tao Te King y Metafísica y, por último, uno a medio camino: La divina comedia. Los primeros hablan sobre todo lo que limita la capacidad de superación y el vitalismo del ser humano; los segundos, más el Tao Te King, sobre las fuerzas del ser humano y como hemos de comportarnos ante ellas; y, por último, La divina comedia: un descenso al infierno, después un paso por el purgatorio para terminar con la llegada al paraíso y un éxtasis espiritual.
Entonces, Trevor recordó los apuntes escritos por la primera víctima.
—¡La Teoría Fantasma!— Hideo asintió.
—Esta teoría afirma que la pureza del alma humana se alcanza abandonado la carne, traspasando nuestro espíritu a un cuerpo prostético completo.
—No son asesinatos, ¡es un puto ritual, de ahí que no haya rastros de carne!
—Creo que están traspasándose a cuerpos prostéticos, tal vez contemplen desde el mismo como se mutila su carne— apuntó Hideo.
—O aún peor, puede que primero dejen mutilar su cuerpo hasta el límite en el que pueden mantenerse con vida para después pasar a su nuevo cuerpo— añadió Trevor.
—Una especie de catarsis... el nirvana.
Lo primero que dijo Hideo cuando llegaron al destino fue que todo tenía una pinta «bastante turbia», y en efecto, así lo parecía, pues se encontraban frente a una vieja y herrumbrosa nave industrial perdida en el Séptimo Anillo, al límite de la zona segura.
Alrededor de toda Downpuor City se extendía una vasta sucesión de barriadas separadas entre sí por férreos controles de seguridad. Cada zona era llamada Anillo y actualmente existían catorce; sus principales residentes eran inmigrantes ilegales o personas de la clase social más baja, sin embargo, hasta el séptimo podrían considerarse ciudades seguras, pero a partir del mismo la supervivencia ya se iba complicando y, el último, era casi una zona de guerra.
A los anillos profundos acudían toda clase de personas dispuestas a comprar en el mercado negro: armas, implantes prostéticos ilegales, consolas hackers, etc. Hideo recordó con una extraña y casi masoquista melancolía sus tiempos como agente de policía en el noveno anillo.
—Una vez conocí a un tío con un cuerpo prostético construido por él mismo, era básicamente una freidora humana, lo llamábamos Fritangas Jobs. No estaba muy bien de la cabeza— narraba entre risas Hideo una de sus muchos anécdotas como poli.
—¿Qué fue de él?— inquirió Trevor con un tono que se deslizaba entre la admiración y la extrañeza.
—Se lo cargaron y lo despiezaron—Hideo se encogió de hombros—, una pena, las patatas le salían de puta madre.
Una vez relajado el ambiente salieron finalmente del coche, Trevor analizó con su tecnología ocular el almacén que había sido encontrado por Emma, la joven miembro de la BCIP se sumergió en la red profunda y viajó a través de todas las webs, foros y subforos relacionados con el misterioso símbolo solar empleando el nombre de la catedrática autora de los libros como filtros. El único foro que le llamó la atención estaba bien escondido y en él solo se podía leer Zaratustra seguido de la imagen solar, pese a que no pudo acceder a él porque desencriptarlo le habría llevado días, pudo obtener la IP.
—No detecto vida de ningún tipo, es raro, y más teniendo en cuenta que debe de haber internet— Hideo no contestó, se limitó a desenfundar su semiautomática Beretta último modelo.
La gran puerta corredera estaba semiabierta, Trevor la abrió fácilmente pese a su pesadez, otra de las muchas ventajas de un cuerpo prostético de calidad. Ambos entraron apuntando fríamente en todas las direcciones, no había nada. Aunque la noche era ya profunda y que no había rastro de bombillas, permanecía bien iluminado gracias a la luz lunar. Trevor activó su visión nocturna.
—Mira, al fondo hay una serie de libros apilados, llaman un poco la atención—informó.
Hideo pensó lo mismo, parecía que la nave nunca había sido utilizada, lo único que decoraba su interior: cristales rotos, telarañas varias, y los libros de los cuales ambos agentes estaban seguros de sus títulos.
—Los mismos, todos comentados por la doctora Mihtrokya— ninguno necesitó cogerlos, los títulos podían leerse a simple vista, pero cuando Hideo los cogió un pequeño objeto cayó de entre uno de ellos y golpeó el suelo metálico, cuando Trevor fue a recogerlo se dio cuenta de que era una llave y de que la superficie en la que había caído estaba hecha de un material distinto, afinó la vista.
—Una trampilla.
Solicitamos los escasos refuerzos disponibles, casi toda la brigada trabajaba para mantener a la prensa alejada del asunto. Trevor y yo pensábamos que en los últimos años el periodismo auténtico había muerto asesinado por el sensacionalismo de los dueños de los medios de comunicación. No hacía mucho tiempo estuve suscrito a un periódico digital en el que los lectores pagaban una subscripción que en conjunto era el presupuesto del medio de comunicación, al principio todo fue bien hasta que se comenzaron a publicar noticias y artículos del espectro ideológico de la mayoría de los subscriptores tan absurdos que insultaban a la inteligencia humana. En resumen, el periodismo actual apestaba.
Una vez nos fueron confirmados los refuerzos, levanté la trampilla, mi compañero descendió primero y luego le seguí. Dimos con un pasillo tan oscuro como una noche sin luna ni luces artificiales, Trevor tuvo que guiarme empleando la visión nocturna incorporada en su cuerpo prostético.
Mientras avanzábamos por aquel largo pasillo sin lumbre no podía apartar la duda existencial que había surgido de mi cabeza al tratar de relacionar la Teoría Fantasma con las lecturas de las víctimas, y es que, desde el primer momento, no había podido dejar de pensar en la condición de mi compañero. Si la Teoría Fantasma afirmaba que la pureza del alma se alcanzaba al abandonar la carne traspasando nuestra mente a un cuerpo completo, ¿era Trevor una de las escasas almas puras que caminaban por nuestro mundo? Muchos teóricos afirmaban que cuanto más tardaba una persona en obtener un cuerpo prostético más recuerdos de la carne permanecían en su cerebro, y estos, entraban en conflicto con la pureza del alma, como si de un espectro biológico se tratase. Sin embargo, Trevor, nada más nacer, tuvo que dejar su débil cuerpo por pura supervivencia, siempre había tenido un cuerpo prostético. Recuerdo la lástima que me inspiró el día que me contó que, en el instituto, cuando se corrió la voz sobre su condición, sus crueles compañeros comenzaron a llamarlo androide.
Aunque sabía mucho de mi amigo, nunca llegó a contarme cómo terminó en la BCIP, pero él ya estaba trabajando cuando yo entré. Tampoco le había preguntado si él mismo fue el que eligió el aspecto de su cuerpo prostético o si los doctores se lo habían diseñado partiendo de la base de la genética de los padres; si se dio el primer caso, Trevor acertó con el canon de belleza occidental: un tipo alto, rubio con el pelo largo y de ojos azules, es decir, un hombre con aspecto de treintañero que además tenía un gusto elegante; en el segundo caso, su genética era envidiable.
Mis elucubraciones terminaron cuando Trevor de detuvo ex abrupto ante una puerta metálica, ambos nos colocamos al límite de sendos lados del marco con las armas preparadas. No estaba preparado para contemplar lo que se encontraba tras la puerta, ningún ser cabal lo estaba.
Personas en cuerpos prostéticos de mala calidad, seguramente construidos de forma improvisada, permanecían sentados ante largas y oblongas mesas que recorrían toda la gran estancia. Mis ojos estuvieron al límite de desencajarse, por fin comprendimos la naturaleza de los «crímenes», no era un asesinato, sino un ritual, una macabra catarsis en la que estas personas, en un nuevo cascarón, se alimentaban de carne, su carne. Todas y cada una de las supuestas víctimas habían aceptado traspasarse a un cuerpo prostético para después devorarse por partes, estuve a punto de vomitar. Aquellos cuerpos lucían como momias de acero herrumbroso que masticaban torpe, pero vorazmente. Cuando observamos como una mujer, eso debía ser puesto que su cuerpo metálico poseía senos, degustaba en una postura sexual su propia intimidad, escuché una detonación, Trevor le había volado la cabeza de un tiro.
—Diagnóstico de la BCIP: sujetos incurables, ejecución inmediata— la sentencia de los altos cargos había sido dada y no había tiempo atrás, supuse que Trevor empleó sus ojos para fotografiar la estancia y enviar las fotos con prioridad absoluta.
Pensé neciamente que la masacre iba a ser breve, ya eliminadas todas las amenazas de la habitación en la que permanecíamos, unas veinte que apenas pudieron defenderse, pues los disparos de Trevor eran perfectamente precisos y yo era un avezado tirador condecorado, no pude evitar vomitar una retahíla de insultos al darme cuenta de que había otra habitación tras otra puerta metálica.
Como en La divina comedia, nueve círculos recorrimos en aquel infierno subterráneo que, sin duda, para los acólitos se trataba de un paraíso. Los actos de perversión que allí vimos es mejor que no los narre, pues aún se me revuelven las entrañas al recodarlos, en especial aquellos que involucraban niños escasa edad. Sin embargo, el terror mayor llegó tras la última puerta en la que rezaba escrito mediante soplete: YHVE. Al instante de ser abierta, Trevor maldijo en un grito.
—¡Mierda, joder! ¡Me han pirateado los ojos! ¡No veo!
Alguien con la habilidad para realizar tal acto debía ser un genio, si bien no era difícil piratear unos ojos para un hacker profesional, los de Trevor pertenecían a un cuerpo de última generación mejorado por la BCIP en colaboración con el Ministerio de Defensa. Por una vez en mi vida, deseé tener un cuerpo prostético para terminar igual que mi compañero, u al menos ser ciego.
Vi una dantesca pared rodeada de deformes y siniestros rostros metálicos. Me dijeron algo, funcionaban como una mente colectiva y única al mismo tiempo. Aquel ser cuyo nombre deduje que era YHVE me dijo algo con mil voces de hombre, mujer e infante que se perdió en la oscuridad. Descargué toda la munición que me quedaba mientras aquello reía hasta que, tras un sonido eléctrico que recorrió mi carne como un escalofrío, dejó de hablar, de vivir. No era la primera vez que mataba, pero si la primera que no me arrepentía de haberlo hecho.
Los ojos de Trevor volvieron a la normalidad, escrutaron impasible a YHVE. Mi compañero y mejor amigo me miró, creo que quiso debatir sobre lo que había ocurrido, preguntarme por mis deducciones, pero no lo hizo.
—Ve a por gasolina, si esto sale a la luz todo podría irse a la mierda. Después seguiremos el proceso habitual.
Aquel infierno ardió hasta las cenizas, nunca supimos quiénes eran el resto de las personas a las que habíamos matado, filtramos falsamente a la prensa el caso como si hubiese sido producto de un asesino en serie y dimos el nombre de las cuatro primeras víctimas. No fue difícil endosarle el crimen a alguien. Emma buscó en la base de datos a un criminal prescindible y dio con un hombre al que habían acusado de secuestro y asesinato doble, pero que permanecía libre por falta de pruebas. Respecto a la nave industrial, nadie le prestó importancia y todos los registros del llamado Caso Fantasma fueron ocultados. A eso nos dedicábamos en la BCIP, a mentir a la prensa, en cada estado, hay secretos y sucesos que es mejor que la carne no conozca.
Trevor y yo recibimos una vez más elogios de nuestro jefe y se nos dieron unas merecidas vacaciones, sin embargo, nunca he podido recuperarme del todo. Todavía hoy, en ocasiones, cuando cierro los ojos, recuerdo los mil rostros de YHVE y escucho aquello que me reveló en susurros, es entonces cuando mi carne refulge y mi alma combate susurrando en mi interior: Abandona la carne.

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