Sandías en la trinchera


El quince de agosto del penúltimo año de la última gran guerra, fui hecho prisionero por el enemigo tras una ofensiva que nos había sorprendido con la guardia baja y sin apenas defensas pues gran parte de nuestras fuerzas habían sido llevadas a otro de los infinitos frentes de la guerra. Cuando dos soldados enemigos me agarraron y arrastraron hacia su posición, recé para que mis heridas de bala, en el brazo derecho y cerca del pecho, me matasen desangrado.
A día de hoy, cuando observo las cicatrices que me dibujaron, me río y agradezco a la suerte no haberme matado, porque, aunque prisionero de mis enemigos, durante aquellos días, vi una luz que me hizo recuperar la esperanza en la humanidad y en el futuro que nos esperaba.
Me llamo Ian Nally y tenía la tierna edad de dieciséis años cuando llegó la carta de reclutamiento para la guerra, una guerra que, por aquel entonces y casi hasta que volví a mi hogar, no llegaba a comprender sus motivos. Al parecer nosotros no teníamos cosas que ellos si poseían, ¿o era al revés? No lo recuerdo, pero así me fue explicado durante mi instrucción. Tampoco esperaba comprender los motivos auténticos porque yo no era más que un robusto muchacho de un pueblo entre las montañas y un colorido valle al que poco le preocupaban los problemas de la ciudad y que apenas sabía leer.
Y, sin embargo, me convertí en un buen tirador y en un explorador de primera porque, al dedicarse mi familia al noble oficio del pastoreo y el cultivo, sabía moverme perfectamente por terrenos abruptos y dificultosos como los de mi tierra, terrenos donde si no estaba con las cabras, me encontraba ganduleando subido a un árbol o explorando para intentar lograr ver cierto animal o escuchar el sonido de un pájaro en especial.
Tras el duro adiestramiento me colocaron como dije antes, de explorador y me dieron billete para el frente, no obstante, antes de ir a aquel infierno estuve varios días en la capital esperando a mi tren. Nunca había estado en la ciudad y desde que acabó la guerra jamás he querido volver. Por aquel entonces y ahora, no era capaz de comprender como alguien podía ir con tanta prisa a los sitios y vivir sin el silencio tan pacífico que embriaga el campo, aquel silencio que nos permite escuchar incluso la voz de nuestros pensamientos.
Ruido, prisas y humo marcaron mis tres días esperando, paradójicamente, a día de hoy, establezco con cierto humor cierta similitud entre la ciudad y el frente, que también estaba formado por ruido, prisas y humo. Finalmente, cogí aquel tren rumbo al infierno.
De mi estancia en el frente no quiero contar gran cosa salvo que me hizo una persona huraña a la fuerza. Al poco que hacía un amigo, este volvía en una caja de madera o simplemente, desaparecía. Por lo que, me dediqué a realizar las tareas que me ordenaban mis superiores mientras en mis adentros odiaba a todos los políticos sobre la faz de la tierra por arrancarme no solo de mis raíces, sino también, mi inocencia; aunque por aquella todavía no sabía muy bien lo que era un político.
Estuve siete meses sobreviviendo hasta el quince de agosto, cuando caí prisionero. Para mi sorpresa, me curaron mis heridas y me metieron en una celda que, aunque para mantenerme encerrado como un animal cazado, era confortable a su manera. Fue entonces cuando conocí al oficial Maltesse.
Era un joven mayor que yo, de unos veinte, pero con un rostro aún con rasgos infantiles. Llevaba el uniforme azul de su rango y una gorra blanca. Tenía buen porte, en resumen, era un hombre elegante en tiempos de guerra que me miraba impasible tras los barrotes que me mantenían cautivo.
Me preguntó mi nombre hablando en mi lengua, con un acento apenas perceptible. Luego comenzó a interrogarme por todo lo que sabía y yo contestaba que era un simple explorador. Pensé que no iba a creerme y que iba a someterme a tortura para luego fusilarme, pero él se limitó a asentir. Llamó a un guardia y le pidió que abriese la puerta de mi celda. Los barrotes crujieron. El mismo guardia le trajo un taburete y luego fue despachado por el oficial tras decirle algo en su lengua. Maltesse se sentó a pocos metros de mí mientras yo no dejaba de observar la pistola que llevaba en la cintura. Él se percató, sonrió, y la posó en el suelo.
— ¿Así mejor? – me preguntó en un tono alegre. No contesté, pensaba que era un nuevo método de interrogatorio—. No tengas miedo, te creo— dijo tranquilizador.
— ¿Me crees? – contesté asombrado—. Lo siento señor, pero me es difícil creerle porque, si yo no sé nada, lo normal sería que usted se deshiciese de mí—. Maltesse rio con fuerza.
— Otros oficiales harían lo mismo, no lo dudes, pero a mí me gusta conocer a mi enemigo, aunque en realidad no os considero más enemigos que los políticos y los empresarios de todos los países. No me gusta matar, pero tengo que tenerte prisionero, estamos en el frente, en una de estas largas trincheras que infectan los campos y no tengo permiso para soltarte, y menos sabiendo que eres un explorador y que podrías informar a los tuyos de nuestra posición y de nuestra artillería.
— Señor, si por mi fuese me iría corriendo a mi querido pueblo, apenas sé por qué estamos en guerra salvo porque al parecer, nuestros países ahora se odian—. Él suspiró, se quitó la gorra y la chaqueta de oficial, que dobló perfectamente y la dejó sobre sus rodillas.
— Una vez más te creo, pareces un tipo muy humilde y ya te habría soltado, pero comprende que no puedo— dijo con cierta resignación mientras sacaba una cajetilla de tabaco del bolsillo de su pantalón—. ¿Fumas? – me preguntó.
—No señor, pero se lo agradezco.
—Tutéame por favor… ¿puedo llamarte Ian?
—Si seño… oficial Maltesse.
—Me llamo Marco, llámame Marco… Y, ¿de dónde eres Ian?
— De Cuernavilla, un pequeño pueblo en el oeste de mi país— contesté aún un tanto extrañado por las preguntas del oficial, todavía no confiaba del todo en él.
—Un chico del campo, todo lo contrario a mí, que soy de la capital de mi patria Nunca he estado en el campo ¿sabes?, dime Ian—Marco sacó un cigarrillo, se lo puso en la boca, una vez encendido dio una breve calada—, ¿cómo es tu hogar?
Le describí aquellas montañas y bellos valles que tan bien conocía y añoraba, le conté la belleza cruel de las montañas y los árboles cubiertos de blanco, del tinte melancólico de los bosques en otoño; del colorido de la campiña en primavera y en especial, lo agradecidos que eran los veranos, cuando el sol coronando el cielo filtra sus rayos a través de los árboles y los pájaros cantan alegres. Es en verano cuando, incluso lo mayores depredadores, parecían estar en paz, como si el tiempo se detuviese en aquel pequeño mundo de horas interminables pero que ayudaban a encontrar la paz en uno mismo. He de decir, que hasta que no viví la crueldad de la guerra, siempre había vivido en paz. La única violencia que conocía era la que la propia naturaleza emplea para mantener en equilibrio las cosas vivas.
—Ahora me acabas de convencer aún más de que no eres un mentiroso, porque hablas con verdadero amor de tu tierra— me dijo el oficial—. Yo en cambio, pertenezco a una familia adinerada y siempre he tenido de todo. Me hice oficial para ser útil a mi país, pero me siento una herramienta de un poder que se me escapa—. Me sorprendió una declaración tan íntima, y más aún de un oficial al que acababa de conocer. Cuando le fui conociendo más y más, comprendí qué era lo que perturbaba tanto su corazón.
—Ese poder… ¿es Dios?
— Ojalá fuese un dios, pero temo que si existiese no sería tan avaricioso. Hablo del poder, de los políticos y los empresarios que se aprovechan de las gentes humildes e inundan la cabeza de los soldados con falsas consignas patrióticas…
—Discúlpame, oficial, pero hasta que abandoné mi hogar no conocía nada del mundo exterior, ¿qué son los políticos y los empresarios? —Al principio me miró como si pensase que le estaba tomando el pelo, pero se dio cuenta de que no era así.
—Envidio sanamente tu ignorancia. Un político es alguien a quién eliges porque te promete cosas que nunca cumple, que busca problemas donde no los hay para confundir a las gentes de bien. Los empresarios son los que tienen el dinero, los que manejan a los políticos para amasar más y más. Compran sin importarles lo que les pueda pasar a las demás personas ni a la tierra que pisamos. Y cuando se equivocan untan a los políticos para crear los problemas que antes te dije, por eso nuestras naciones están en guerra, Ian. ¿Sabes cuánto cuesta equipar a cada soldado, toda la intendencia y fabricar la artillería? Ni yo lo sé, pero tanto los políticos como los empresarios lo saben perfectamente. Ellos lo llaman economía, yo por mi parte, lo llamo guerra y saqueo—. Cuando terminó su discurso, yo estaba demasiado atorado.
—No entiendo mucho de lo que dices, ¿de verdad hay personas tan malas para crear guerras por dinero?
—Sí amigo mío, desgraciadamente. Te voy a explicar brevemente para que entiendas por qué estamos en guerra—. Tiró el pitillo, lo pisó y se encendió otro—. Los empresarios fabricaron más cosas de las que podían vender porque en sus intelectuales cabezas pensaron que iban a venderlo todo, no fue así porque los políticos tienen a nuestro pueblo empobrecido «por el bien de la nación y nuestra credibilidad».
—Pero esto que me dices no tiene mucho sentido— le interrumpí— Es como si yo quisiese comprar lechugas pagando con la cabra que no tengo— Marco soltó una larga carcajada.
—Es exactamente lo que dices.
—Entonces, ¿por qué la gente no hace algo al respecto?
— Porque los políticos tienen engañada a la pobre gente— me contestó.
—Pero… por lo que dices, el alcalde de Cuernavilla es un político, y él se preocupa por nosotros.
—Ese hombre no es un político, es una persona preocupada por su comunidad. Para los políticos solo existe el dinero o la superioridad moral, da igual lo que digan defender— me replicó.
Yo, que no sabía por entonces ni que era la moral, me quedé callado pensando en lo que aquel joven oficial resignado me decía. Él debió notar mi cansancio y me sonrió.
—Ian, no te conozco de nada, pero tengo la sensación de que podríamos ser grandes amigos, ¡qué pena el habernos conocido en la guerra! Ya basta por hoy de palabrería que solo sirve para confundir tu inocencia. Mañana vendré a verte porque gusto de conversar contigo. Dime, no puedo darte mucho porque sigues siendo un prisionero pero, ¿hay algo que pueda hacer por ti?
Medité un poco mi respuesta para—. Oficial, como no encuentre algún modo de entretenerme no sé qué puede hacer— me limité a contestar. Él frunció el ceño.
—¿Sabes leer?
—Apenas— contesté con cierta vergüenza— no leo desde la escuela.
—Eso puede arreglarse— me dijo mientras se ponía la chaqueta y la gorra—. Hasta mañana Ian.
Pasé la noche pensando en Cuernavilla y preocupado por la charla que había tenido con el oficial Maltesse. Se había mostrado demasiado cercano e íntimo y todavía me rondaba la posibilidad de que todo se tratase de una trampa, por lo que aún temía por mi vida. No obstante, logré conciliar el sueño porque el cansancio me venció rápido. Todavía me dolían las heridas cuyas cicatrices tendría hasta el fin de mis días.
A la mañana siguiente el guarda me trajo el desayuno, un poco de agua y una hogaza de pan algo dura. El simple pan me hizo añorar más mi hogar cuando me acordé de Teresa, la hija del molinero de la que estaba enamorado. Aún recuerdo cómo ella me regalaba pan recién hecho o alguna empanada cuando me esperaba una larga jornada.
El guardia me sacó de la nostalgia cuando me dijo que tenía algo más y me extendió un libro gastado. Era un viejo volumen sin título, cuando lo abrí por la primera página me encontré con una nota que se notaba que había sido escrita de manera apresurada:
Mi buen amigo Ian,
Esto es todo lo que puedo procurarte para tu entretenimiento, se trata de un libro de aventuras en tu lengua que se deja leer muy fácil. La lectura debería ser un hábito de sagrada obligación. Me habría gustado entregártelo yo mismo y charlar un rato, pero tengo otros quehaceres. Mañana intentaré verte.
                                                                                         Oficial Marco Maltesse
PD: Si hay algo que no entiendes, no dudes en preguntar.
En ese momento, comprendí que el oficial Marco era, simplemente, una buena persona. El libro debía tener unas trescientas páginas y me lo leí en el día pese a que tuve que releer ciertas partes, sin embargo, me alegré de no ser un completo analfabeto y lograr leer sin lentitud.
Como decía Marco en su nota, era un libro de aventuras, pero estas habían acontecido siglos atrás o directamente eran invenciones fantasiosas. La mayoría trataban de caballeros rescatando princesas y de hazañas de guerra de otros héroes. Reales o mitos, no pude evitar pensar en lo poco que había cambiado el mundo. Las formas y las armas eran distintas, pero los motivos para la guerra, idénticos. Empezaba a comprender lo que me había dicho el oficial la noche anterior.
Por ejemplo, en un relato se narraba una guerra entre dos reinos por la mano de una princesa de un tercero. Aunque la historia no profundizaba en este conflicto, se decía que el tercer reino era muy rico, así que pensé que a los otros dos reinos restantes no les importaba para nada la princesa ni las gentes ni las tierras del tercer reino, sino su riqueza. Entendí lo que me había dicho Marco sobre los empresarios.
Al día siguiente, Marco me visitó vestido de la misma manera y se sentó en el taburete de la última vez, todavía hoy puedo verle fumando y sonriendo.
—¿Te ha gustado el libro?— me preguntó un tanto entusiasmado.
—Me ha gustado mucho, sinceramente, era el primer libro que leía y no sé por qué, pero creo que comprendo el mundo un poco mejor.
—Esa es la virtud de la literatura. Mi padre siempre decía que el ser humano perfecto es aquel que domina las ciencias y las letras, porque las primeras nos enseñan las reglas del mundo y las segundas nos muestran como nos afectan dichas reglas. A partir de hoy te intentaré traer más libros en tu lengua, la que estudié precisamente para interrogar prisioneros o la diplomacia, puedes quedarte con este, es un regalo— me llené de alegría con aquel regalo que aún conservo fuertemente custodiado en mi casa.
—Marco, me gustaría proponerte una cosa para cuando esta asquerosa guerra termine— el oficial frunció el ceño y me contestó que prosiguiese—, cuando la guerra acabe, tú me enseñarás tu ciudad y a los empresarios y políticos, yo, por mi parte, te mostraré mi hogar— en su rostro se dibujó una sonrisa infantil.
—Amigo mío, el trato no es justo porque yo solo te enseñaré desdicha mientras que tú la verdadera belleza del mundo— contestó cabizbajo.
—Pienso que ni yo puedo quedarme asilado del exterior en mi precioso hogar ni tú en aquel sitio donde vive gente tan vil — Marco alzó el rostro y me miró a los ojos.
—Eso que dices, es quizás lo más sabio que he escuchado desde que comenzó la guerra.
Estuvimos hablando un rato más, él no cejaba en preguntarme sobre cómo era mi vida en Cuernavilla y yo hacía lo mismo de los males del mundo. Finalmente, se despidió cuando llegó la hora de la cena.
—Debo cenar con mis hombres, aunque la tarea no me agrada especialmente, la mayoría son patriotas que no entienden que están siendo manejados por ideologías estúpidas. Tal vez sea yo el estúpido, porque, aunque lo sé, aquí sigo, mandando hombres a morir por las órdenes de los políticos— me dijo entristecido con la sombra de la amargura en su gesto.
—En mi pueblo se dice que no hay mayor tonto que el que no quiere ver.
—A veces pienso que los intelectuales no están en las universidades, sino en sitios como tu hogar donde la vida se ve de una forma auténtica.
Los días siguientes Marco venía regularmente con muchos libros de todo tipo, desde novelas hasta historia, y yo leía hasta que se me cerraban los ojos, al final, mi celda de no ser por los barrotes, parecía una biblioteca. De vez en cuanto escuchaba disparos y algún mortero que hacía estremecer la tierra haciendo caer finos hilos de tierra. Comprendí que hay gente que se lleva un arma de más, comida u cualquier otra cosa a la guerra. Marco por su parte, llevaba libros pues todos los que me traía estaban llenos de notas en su letra y en su lengua. Cuando le pregunté me dijo que se trataban de notas sobre la gramática de mi lengua.
Pasaron los días y yo cada vez escuchaba más disparos y detonaciones, había noches que me preocupaba por la vida de Marco, no obstante, el venía siempre, pero el 9 de agosto pasó algo que nunca olvidaré. El oficial Marco Maltesse vino a mi celda con su uniforme recién lavado y planchado acompañado de un guardia. Abrió la puerta de mi celda y me pidió que me levantara no sin antes despachar al guardia que lo acompañaba.
— Hemos pactado una tregua y un intercambio de prisioneros, amigo mío, mañana serás libre y volverás a tu hogar— dicho esto me abrazó de alegría y las lágrimas brotaron de mis ojos.
—Hace un espléndido día de verano, ven conmigo, tomar el aire, ver el sol te sentará bien, de todas formas, técnicamente, ya eres libre— comentó alegre mientras me daba palmadas en la espalda.
El sol acarició mi piel suavemente y aunque su luz me cegó por unos instantes, me sentí renacer. Marco y yo nos sentamos tras la trinchera contemplando la inmensa llanura de tierra. El frente de mi país podía verse en la lejanía, al parecer, su ataque sorpresa nos había aplastado, pero no habían podido mantener la posición demasiado tiempo. No dijimos nada, simplemente escuchamos con calma el silencio que parecía haberse apoderado del mundo que nos rodeaba.
—Espera aquí un momento, me acabo de acordar de una cosa— me dijo mi amigo el oficial.
Me limité a asentir para seguir contemplando aquel paisaje y disfrutar de los rayos del sol. Eché de menos el canto de los pájaros, pero mi corazón latía con fuerza porque en poco tiempo volvería a mi hogar como si nada hubiese pasado. Más tarde supe que la guerra me había cambiado, pues, aunque seguía disfrutando de la tranquilidad y belleza de los valles, montañas y de la paz del bosque, hay imágenes que uno nunca olvida, a veces nos ocurren sucesos que nos cambian y nos transforman en una nueva persona a la que tememos no conocer.
Marco apareció con dos sandías y me tiró una, pesaba demasiado.
—Son de la nueva cosecha, un pequeño capricho que puedo permitirme— dijo burlón.
Cuando las partimos y le di el primer mordisco me sentí rejuvenecido, mi garganta me agradecía aquel manjar. Comencé a reír.
—¿Qué ocurre?— me preguntó mi amigo.
— No te lo vas a creer, pero siempre, desde niño, he odiado la sandía, era comerla y ponerme de mal humor y, sin embargo, creo que ahora se ha convertido en mi comida favorita— ambos reímos a carcajadas como si fuésemos ametralladoras. Pensé que ojalá la gente cambiase los morteros y las balas por risas y que le diesen más importancia a su tierra que a la palabrería de los políticos, pero, con todo lo que había leído, supe que no era más que un sueño distante.

Dejé de leer el relato de mi abuelo cuando escuché la bocina del tren en la distancia, se detuvo cerca de mí y mucha gente bajó de este, pero reconocí sin problemas a la persona que esperaba.
Era una chica de mi edad, rubia bien vestida y arreglada, con ropa que nadie llevaba en Cuernavilla por su precio y poca utilidad en el campo pues el pueblo de mi abuelo había quedado atrás en el tiempo, con las modernizaciones justas, como el viejo el tren.
Le hice un gesto y me presenté, ella se alegró y me dio la mano.
—Así que tú eres Ian, como tú abuelo, ¿verdad? — contesté afirmativamente.
—Y tú eres Eva Maltesse— le respondí. Ella sonrió.
— Cuando me escribiste y agregaste no pude creérmelo, pensé el hombre sobre el que mi abuelo me contaba historias eran producto de su mente anciana— contestó incrédula.
—Pues decía la verdad— le extendí la libreta donde mi abuelo había escrito el relato, ella lo cogió como si se tratase de un valioso tesoro. Después busqué en mi mochila y saqué un viejo volumen ——.Este es el libro de cuentos que tu abuelo le regaló al mío, siempre lo guardó con mucho amor, aún conserva la nota de tu abuelo— lo abrí, saqué el trozo de papel y se lo entregué. Sus ojos se humedecieron.
—Es su letra— dijo en un sollozo.
La invité a subir a mi coche, que precisamente me había comprado años atrás mi abuelo, quien había muerto hacía seis meses y me había dejado a mí todas sus pertenencias, pues mis padres vivían fuera de Cuernavilla por motivos de trabajo y aunque venían siempre que podían, a mí me había criado mi abuelo, cosa que no cambiaría por nada.
Al poco de morir, limpiando la casa, encontré una vieja caja forrada por dentro que contenía el relato y el viejo libro de cuentos. Sabía que los tenía y conocía todos los detalles de cuando fue prisionero, pero nunca me había enseñado dichos documentos ni el nombre del abuelo de Eva, al que llamaba: «mi amigo el oficial». Siempre fue muy protector con sus cosas.
Cuando leí el relato de su puño y letra, busqué toda la información que pude de Marco Maltesse, el que había muerto hacía pocos años en otra guerra muy lejos de su tierra que había acabado recientemente. Al parecer era un héroe nacional que se había negado a jubilarse porque aún seguía vigoroso. Cuando mi abuelo, que aún seguía aventurándose en el monte todos los días, se enteró de que el país de su amigo entraba en guerra dijo: «Espero que mi amigo el oficial esté bien… los mismos motivos, mismos enemigos» terminó diciendo en casi un susurro.
Finalmente, di con su nieta y le escribí contándole todo, no tuve esperanzas en que me contestase porque hablábamos lenguas distintas. No me sorprendió cuando me respondió entusiasmada diciendo que su abuelo le había enseñado personalmente mi lengua.
Ya en mi coche, Eva cogió el diario de mi abuelo y lo abrió por donde yo tenía un marcapáginas.
—¿Te importa si leo un poco? Estoy realmente contenta y ansiosa.
—Por supuesto que no— le contesté. Eva se metió de lleno en la lectura.

Pero ahí estábamos, Marco Maltesse y yo, comiendo sandía en una trinchera mientras disfrutábamos del sol. En uno de los muchos libros que me dejó leí que: «la guerra está llena de ironías» y no pude evitar darle la razón pues, el único amigo que había hecho en la guerra estaba en el bando enemigo. Nunca supe más de él tras despedirnos en un largo abrazo. Marco me dijo que no me escribiría cartas porque quería volver a verme de improvisto en Cuernavilla y que nuestra amistad sería eterna.
Aunque nunca vino a visitarme siempre supe que ambos ocupábamos un lugar importante en el corazón del otro. Imagino que Marco habría sido destinado a otro frente cuando acabó la guerra con mi país o que había muerto, pero, desde entonces, subo a lo más alto de mi tierra desde donde se pueden ver todos los valles, colinas y todo el pueblo para esperar a mi buen amigo Marco Maltasse. No tengo la menor idea de qué aspecto tendrá ahora, pero sé que lo reconoceré de inmediato. Durante el verano, siempre, cuando subo a dicho lugar y el sol me abraza, me imagino con la trinchera a mis espaldas, sentado junto a mi gran amigo y por esto, en la estación más cálida del año, llevo todos los días una sandía bajo el brazo.
Eva terminó de leer el relato y unas lágrimas de alegría mezcladas con cierta pena por ambos ancianos brotaron de sus ojos, acariciando lentamente su piel. Ian le preguntó si se encontraba bien, ella le dijo que sí, se secó las lágrimas con la mano y contempló el paisaje de Cuernavilla.
—Es precioso.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Abandona la carne