El pistolero en el fin del tiempo

Aquella mañana tuve la suerte de despertarme joven, me di cuenta tras escrutar los rostros inertes de las dos chicas armadas que habían intentado matarme. Su sangre era lo único que fluía en este mundo en el que el tiempo había dejado de existir. Ricaero estaba muerto con un tiro en la nuca, pero no sangraba.
En este mundo en el que tiempo se había fragmentado hasta tornarse ininteligible, sentí y comprendí la soledad en toda su esencia por primera vez, o tal vez no, era probable que ya hubiese experimentado esta sensación a través de mi experiencia o por la de otros, pero en este lugar a veces era imposible recordar porque no todo el mundo podía estar plenamente consciente de que un recuerdo fuese suyo. Eso era ahora el tiempo, un espejo quebrado en mil añicos insoldables, un mar revuelto de vivencias en el que uno se zambullía estando seguro de que algunas olas le pertenecían.
El tiempo no estaba igual de fraccionado para todos. Aquellos que habíamos conocido el tiempo lineal éramos capaces de realizar una acción que había perdido todo significado: recordar. Así era, nosotros podíamos abstraer nuestra mente en ''vivencias pasadas'', no todos eran capaces de comprender esta expresión.
Los que recordamos, simplemente llamados ''recordadores'', sufríamos igual que los otros los efectos de la ruptura. Alguien podía aparecer anciano y acostarse adolescente o niño. Aquellos que no habían existido antes de la descomposición del tiempo o que no podían recordar eran llamados ''nonatos'', pues nadie, ni ellos mismos, tenían constancia de su ''nacimiento'', otra palabra sinsentido para ellos. Simplemente, habían aparecido en la ciudad sin saber quiénes eran.
Lo que no había dejado de existir era la muerte, el fin, pero el tiempo nunca tenía uno. Para morir alguien tenía que matarte, y aquellos tiempos de sangre (me acabo de sentir anciano, ¡qué buena sensación!) ya habían perecido.
Los recordadores sabíamos que el tiempo no se había roto instantáneamente , aunque nadie sabe ni el momento ni el motivo de su ruptura, sus efectos actuales no se habían dado inmediatamente, sin embargo, ya no éramos capaces de recordar cantidades temporales; pero yo, que me había despertado joven, podía recordar mucho más, por lo que, ahora que estoy ante los cadáveres de estas jóvenes, me gustaría recordar que me ha llevado a esta situación. Será un ejercicio de difícil procedimiento, pues hace mucho tiempo que no hablo en algo que recuerdo llamarse ''pasado''.
Todo comenzó cuando amanecimos sin cielo, simplemente el cielo había desaparecido. Si uno miraba hacia arriba, lo único que veía era un infinito blanco nuclear en el que aún volaban los pájaros. La ciudad también había cambiado, ahora parecía una prisión infinita de la que nadie podía salir; cuando uno comenzaba a caminar en cualquier dirección, acababa retornando al punto de partida.
Aquel día el caos, la sangre y la violencia se habían erigido como las nuevas leyes sagradas. Los vehículos ardían y los disparos rebotaban en el vacío. Nosotros dos éramos niños, sí, aun cuando ella vivía teníamos la constancia de haber sido niños, logro que no todos tenían, ni siquiera muchos recordadores, yo mismo acababa de recordarlo.
Los niños nos habíamos quedado sin padres, ahora éramos dueños de nuestro propio destino sin saberlo, fue ella la que nos organizó, la que nos consiguió armas y nos hizo perder el miedo a la autoridad, a la muerte.
Nos hicimos con las calles conocidas en poco tiempo y con mucha sangre, la ciudad era nuestra. Inexplicablemente, logramos crear nuestro propio reino, siendo ella la reina y yo, su segundo, su consejero, pero como descubriría más... más... ¿cómo se decía? ¿''tarde''?, sí, era así, más tarde, yo era un simple verdugo, ahora incluso yo he olvidado mi verdadero nombre, pero todos me llaman Pistolero, porque eso era. Mataba, mataba y mataba sin sentir nada, sin gozar ni arrepentirme, y a ella le gustaba el desempeño de mi trabajo, y yo, por gustarle más, me volví excesivo. Cumplí con mi propósito, pero no de la manera en que la que me habría gustado.
Fui feliz en nuestro reino de violencia, cosa que ella amaba, era una sanguinaria y una asesina igual que yo, pero no le gustaba mancharse las manos, sino hacer que nos las manchásemos los demás. Fue entonces cuando Ricaero me propuso su plan, y yo, sin sentimiento alguno, acepté.
Ricaero afirmaba que antes su nombre se pronunciaba de otra forma, pero que no la recordaba. Cuando era niño tenía el pelo castaño corto y los ojos morenos, cuando era joven, alto y delgado, pero cuando era viejo, permanecía encorvado con el poco pelo que le quedaba recogido en una coleta blanca. No recordaba haberlo visto jamás como un hombre maduro.
Era un tipo listo, quizás más listo que ella. Él estaba cansado del gobierno de violencia y al final le acabé dando la razón. Acabo de recordar que por aquel entonces, ella se había rodeado de una guardia femenina y que a mí me mantenía cada vez más apartado, llamándome solo cuando necesitaba que alguien desapareciera. Tal vez la maté por celos o por odio al no haber nunca reconocido mis méritos. No lo sé, es algo difuso.
Lo que recuerdo perfectamente, de lo único que me he querido librar, fue del miedo que me produjo su última mirada porque no era de odio, sorpresa o tristeza, la última vez que me miró fue con lástima. El día en que la emboscamos mientras paseaba con su guardia el tiempo ya estaba cada vez más fragmentado y, por el miedo que nos producía pensar el que un muerto pudiese renacer, apilamos los cadáveres, estando el suyo en la cima de aquella pequeña colina inerte, los quemamos mientras les disparábamos y les lazábamos granadas caseras. Al final no quedaron más que cenizas que recogimos y esparcimos con cuidado por distintos puntos del infinito.
Desde su muerte todo nos fue mejor. Habíamos construido una gran casa compuesta por varios pisos y muchos, muchísimos sótanos, en realidad, se trataba de todo un laberinto. Yo tenía un despacho en la cima, cuyas ventanas de cristal translúcido a más no poder me permitían contemplar en el infinito nuclear. Cuando lo miraba anciano o maduro recordaba, pero cuando lo contemplaba joven, si no pensaba en nada, pensaba en mí mismo.
Todo estaba organizado, ahora yo era el rey y Ricaero un segundo fiel al que tenía en consideración, nuestros seguidores se encargaban de distintos trabajos. A veces aparecían personas que nunca habían existido antes, cuando les preguntamos su nombre y ellos respondían que no tenían uno, les enseñábamos diversas tareas y oficios. Mismamente, Ricaero, era muy bueno enseñando a los que ahora llamamos nonatos. Aún hoy me resulta extraño tener que enseñarle a un hombre maduro a atarse los cordones o a un niño a jugar.
Sin embargo, cuando me encontraba paseando uno de nuestros jardines, cultivados por nosotros mismos, alguien me habló.
— Bonita pistola— me dijo.
Ante mí tenía a una joven no muy alta con una larga y abultada melena ondulada y castaña, los ojos redondos de un negro apagado y una sonrisa que me recordaba a la de los tiburones.
— Es un revólver— contesté— pero no recuerdo su marca o nombre—. Ella no replicó, pero siguió mirándolo.
— ¿Sabes a qué he venido? — preguntó como una niña inocente pregunta algo estúpido. Asentí.
— Has venido a matarme— y desapareció.
Ya me es imposible recordar que pasó después, ni tan siquiera recuerdo cómo desperté anteriormente, pero esas dos jóvenes habían (no sabía cómo) atravesado la ventana de mi despacho disparando. Como en aquel momento era joven, reaccioné veloz y pude esquivar los disparos (Ricaero no tuvo tanta suerte), desenfundar y disparar a las dos. A una le di en la cabeza, a otra en el pulmón y cayó agonizando. Le propiné una patada a su arma para que no pudiese dispararme por sorpresa y le hice contemplar cómo le metía tiros en la frente a su amiga muerta, ella sollozaba entre lágrimas en su propia sangre. Finalmente, cuando me cansé del cadáver, le regalé dos disparos en sendas rodillas, cuando se desmayó fruto del dolor, le agujeré la frente.
—Excesivo— susurré, el pistolero había regresado. Entonces, solo entonces, recordé que por mucho que lo intente, una persona nunca podría huir de aquella palabra perdida llamada ''pasado''.
Me armé con todas las balas que guardaba en mi despacho, comencé, o creí escuchar disparos en la lejanía, oía gritos que ya había escuchado cuando ella vivía y voces de personas que me habían depositado su confianza como rey. Recorrí la casa disparando sin distinguir voluntariamente entre amigo o enemigo, porque no solo me había despertado joven, me había despertado como El Pistolero, el pistolero en el fin del tiempo. Recibí heridas, pero produje más, me excedí como nunca porque recordé que no solo lo hacía porque a ella le gustaba, sino porque a mí me encantaba ver su rostro retorciéndose de placer cuando me veía hacer mis tropelías.
Volví a mi despacho trastabillando, impregnado en un conglomerado carmesí de mi sangre, la de mis amigos y la de mis supuestos enemigos. Cerré la puerta y me senté una vez más a contemplar el infinito en silencio. El ruido había cesado gracias a mis excesos, pero no por mucho tiempo, pues mientras continuaba mi contemplación tratando de recordar lo que había sido el cielo que había visto cuando el tiempo existía, escuché un caminar, un caminar que conocía ahora tan bien como me conocía a mí mismo. Agaché el rostro, miré los cadáveres de las dos jóvenes cuya sangre estaba ya coagulada. Sonreí.
Tenía miedo de vivir eternamente.

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