El blues del perdedor

Han pasado ya quince largos años desde la última vez que fui a Green Hill, el barrio donde me crie y del que me escapé cansado de los fuegos de la industria que teñían el cielo gris e impregnaban las barriadas donde vivían los obreros de negruzca ceniza, recuerdo que solo podíamos tender la ropa el único día en que la fábrica cerraba porque se manchaba completamente, aun así, a los habitantes del barrio siempre olíamos a ceniza.
Como se puede imaginar, Green Hill era una zona obrera, los más ancianos del barrio solían contarnos a los niños que, cuando ellos también lo eran, Green Hill seguía sin ser un lugar perfecto, pero sin duda más alegre. Al parecer estaba lleno de tiendas, pequeños negocios locales, y los niños solían jugar en el río los días más calurosos del verano. Ahora, en cambio, Green Hill era un sitio lóbrego y pobre donde los crímenes como robos y extorsiones estaban a la orden del día. Los ancianos culpaban siempre a la llegada de una rica familia extranjera, los Frizd, que compraron grandes terrenos para construir las diversas fábricas que estaban en su poder y que envenenaban nuestros hogares, sin embargo, edificaron su enorme y lujosa mansión en la zona más apartada de las barriadas, una mansión cuyos jardines ya podían considerarse mejor cuidados que los mal construidos hogares de chapa pertenecientes a los más pobres. Una vez me asomé a la gran verja que protegía el recinto y vi seis de los coches más caros aparcados a la entrada. Al principio pensé que tener tantos era una estupidez, pues solo eran cuatro miembros en la familia de los que solo conducían dos, de aquella no debía tener más de doce años, aún no sabía que el mayor goce de los ricos es ostentar, ya que les otorga placer la simple capacidad de hacerlo.
Las nuevas fábricas rápidamente les hicieron más ricos y pronto comenzaron a comprar el resto de los negocios locales y hundir a aquellos que se resistían. Pronto todo el barrio pasó a pertenecerles y nosotros a odiarlos, pero nadie se atrevía a actuar porque eran los únicos que podían dar trabajo y, además, contrataron a un equipo de seguridad privado al que incluso los criminales más peligrosos de Green Hill evitaban.
Quince años atrás me dedicaba al honrado negocio del robo de coches para después ser alunizados contra negocios de los Frizd y así para desvalijarlos, aunque también se empleaban para el uso de los diversos grupos de criminales que se disputaban el control del barrio. Yo mismo participaba de vez en cuando en los grandes atracos, pero no era de mi agrado dar palizas a personas que nada me habían hecho. Sin embargo, en Green Hill parecía existir una especie de pacto tácito: nadie vendía drogas, y cuando un camello era descubierto terminaba sus días tirado en una cuneta con el cráneo agujereado, nunca pude explicarme esto y aún hoy sigo siendo incapaz.
No puedo negar lo bien que me lo pasaba aquellos días, como era bueno en mis asuntos nunca di con mis huesos en la cárcel, además, en caso de que me descubriesen habría sido extraño que me pasase algo porque, para mi suerte, la policía no solía perder el tiempo con rateros, además, la mayoría de los agentes de Green Hill se habían criado en el barrio y hacían la vista gorda la mayor parte de las veces. No era extraño ver a un policía tomándose una cerveza con un tipo al que hacía horas le había golpeado con la porra «para cumplir», como solía decirse, incluso muchos de ellos eran compadres no siendo tan raro que un agente pagase a algún amigo ratero para dejarse cazar y que el policía ganase un ascenso; es necesario destacar que la mayoría de las veces eran los defensores de la ley los que pagaban las cervezas, el que un policía te debiese un favor era demasiado beneficioso, por lo que ambas partes salían ganando.
Y, sin embargo, acabé marchándome de aquel lugar, todavía recuerdo aquella noche en la que dieron comienzo los mejores días de mi vida, días de libertad, de moteles baratos y de pasión juvenil, aunque pueda sonar romántico, en realidad también fue una etapa dura, pero como hacíamos lo que nos viniese en gana no nos importaba.
Todo comenzó un sábado de madrugada, yo me encontraba escondido en un parque de la ciudad fumando un cigarro, era verano y la noche más calurosa de lo habitual, casi toda mi camisa blanca estaba bañada en sudor. Fue entonces cuando escuché unos pasos descalzos no muy lejos de mí, y, siguiendo el ruido, vi a aquella joven.
Una chica de pelo castaño recogido en una coleta, de nariz puntiaguda, finos labios y unos preciosos y redondos ojos de avellana. Llevaba un vestido de noche que parecía caro, la joven se trataba sin duda de Sophie, la hija menor de los Fridz . Esta era la primera vez que la veía, le había escuchado decir a algún camarada que era mona, pero poco más. En ese instante me pregunté qué hacía de madrugada caminando sola con los tacones en la mano. Me encontraba en una situación ventajosa, yo era un chaval alto y que había vivido ya varias situaciones límites, y ella iba sin seguridad, dinero fácil.
Sigiloso, la seguí durante unos minutos, no había notado mi presencia, lentamente me fui acercando a su espalda sujetando la culata de mi revólver, el que poseía desde largo y tiempo y que solo había disparado una vez. Lo saqué lentamente de mi pantalón y me dispuse a ganarme el jornal.
Ni tan siquiera me dio tiempo a apuntar, con un veloz movimiento ella se volvió y me dio una patada en la mejilla haciendo gala de una gran elasticidad, mi arma se cayó y cuando logré recuperarme de la conmoción, producida más por la sorpresa que por el dolor que me había causado la patada, la hija de los Frizd me estaba apuntando con mi propia arma.
—Has tenido la mala suerte de que me encanten las películas de artes marciales y que tenga un entrenador personal— me dijo con su voz cantarina, pero enfadada mientras me apuntaba con el revólver.
Levanté las manos todavía en el suelo sin saber muy bien lo que me había dicho, aún me encontraba un poco atolondrado.
—Vergüenza me da que una chica no pueda caminar por la noche sola por culpa de pervertidos como tú.
—¡Eh, eh! — contesté— ¿Pervertido? ¡Pero si quería robarte la cartera!
Ella torció la cabeza extrañada.
—¿Y por qué no te buscas un trabajo en vez de andar haciendo fechorías?
De aquella no sabía que significaba «fechorías», pero comprendí a lo que me estaba diciendo.
—La única forma de trabajar es en las fábricas o en algún negocio de tu familia para luego cobrar una mierda sin descanso, me sale mucho más rentable robar.
— Te saldrá rentable hasta que tengas que pagar una fianza y escarmientes— me replicó.
—Las fianzas las pagamos entre amigos— contesté.
Sophie, extrañada, continuaba apuntándome, entonces, tiró los tacones al suelo y sacó su cartera de su bolso, pensé en lanzarme a por ella mientras lo hacía, pero el cañón del arma me miraba amenazante, decidí no arriesgar. Fue entonces cuando me lanzó la cartera.
— Debe haber ciento veinte marcos, llevo siempre la documentación en el bolso así que quédate la cartera también, supongo que has llevado una mala vida y espero que esto te ayude— me dijo sin dejar de apuntarme.
Cogí la cartera de buen cuero entre mis manos, y sin tan siquiera abrirla la lancé a sus pies.
—No pienso vivir de la caridad de una Fridz, antes prefiero que me metas un tiro, seré pobre ¡Pero soy orgulloso!, ¡no pienso ayudarte a que te sientas mejor con tu falsa caridad de mierda! —le grité enojado esperando un disparo en cualquier momento.
La mirada de Sophie se tornó fría, y con sus pies descalzos pateó la cartera de nuevo hacia mí, quise devolvérsela, pero me apuntó con vehemencia.
—Los hombres llegáis a ser estúpidos con el orgullo, entonces, como yo soy rica ya no te la regalo, ahora voy a comprar tu vida, he ido a clases de tiro y no se me da nada mal, te daré de pleno en la cabeza y argumentaré que fue en defensa propia. ¡Ahora lárgate y espérame aquí mañana o haré que vengan a cobrar lo que es mío! ¡Vamos! — gritaba ella con saña mientras accionaba el percutor, aproveché y salí por piernas sin mirar atrás, el miedo a la muerte me invadió, cuando me consideré lo suficientemente lejos de la chica, que me parecía una loca de remate, decidí abrir la cartera, poseía ciento sesenta marcos. Eso valía mi vida. Por un instante pensé en que no habría tenido el coraje de meterme un tiro y todavía me sentí más estúpido.
Una vez el joven se hubo marchado, Sophie volvió a casa a hurtadillas, no le fue difícil despistar a los guardias porque ya era una avezada escapista, además, como le encantaban sus perros guardianes y se pasaba horas cuidándolos y jugando con ellos, si estos la veían durante la noche no ladraban. Parecía que los animales tenían conocimiento de que si así lo hacían su ama se metería en problemas, por su parte, la hija menor de los Fridz siempre les recompensaba a la mañana siguiente con deliciosa carne.
Ya en su habitación, después de haber escalado la cañería que pasaba al lado de su ventana, se desvistió y se puso el pijama tras una divertida noche de fiesta, aún no se creía que había golpeado a un rufián con el tipo de patada que tanto había ensayado viendo películas malas de artes marciales y con el entrenador personal al que su padre había contratado desde que era pequeña, al parecer, Green Hill era un barrio muy peligroso.
Antes de acostarse decidió esconder el nuevo revólver, sin embargo, cuando abrió el cargador tuvo que taparse los labios de la risa que comenzaba a apoderarse de su cuerpo mientras se repetía que aquello era imposible.
—El muy imbécil se olvidó de cargarlo.
Me encontré con ella a la mañana siguiente según lo pactado, vestía con ropa elegante que la gente como ella consideraba cómoda y del día a día, su pelo estaba recogido en una coleta apenas visible gracias al sombrero que cubría su cabeza. Lo primero que hizo, incluso antes de saludarme, fue darme mi revólver.
—La próxima vez acuérdate de cargarlo—bromeó aparentando seriedad.
—¿No estaba cargado? —contesté con asombro, ella negó.
—Ya me imaginaba que no debías ser un profesional... dejarte ganar por una dulce chica como yo...
No contesté a tal ataque porque aún me encontraba sorprendido de haber cometido un error como ese, pero bien era cierto que no me gustaban las armas, normalmente llevaba una navaja para defenderme a pesar de que casi nunca la usaba, en el barrio me conocían y aunque trabajaba para varias bandas, como iba por libre y escogía cuidadosamente los trabajos, la gente me respetaba.
Que una niña pija hubiese logrado tumbarme era otro asunto, no se lo había contado a nadie porque me habría convertido directamente en el cachondeo del barrio, en especial de mis conocidos. Permanecía en una situación sin salida, no podía hacerle nada a Sophie por ser quien era y no sabía que quería exactamente de mí.
—He venido a que me enseñes el barrio.
—¿¡Pero tú has fumado algo!? ¡Si te reconocen nos meteremos en problemas!
—¿Ahora te preocupo?
—No, me preocupo de mi pellejo, no quiero que piensen que trabajo para tu familia— por un instante pensé que iba a recibir una bofetada, pero mi comentario hiriente no pareció surtir el efecto deseado.
—¿Tan malos somos? — me preguntó con una lástima para nada fingida.
— Explotáis a los trabajadores, no dais vacaciones y, por si fuera poco, pagáis una mierda de jornal en todos vuestros negocios, ¿piensas que a mí me gusta andar robando coches y atracando de vez en cuando? No, pero me es mucho más rentable.
—Lo... lo siento mucho...— replicó Sophie evitándome la mirada— por eso quiero ver Green Hill con alguien que lo conozca bien como tú... necesito saber si los rumores son ciertos—. En aquel momento, una profunda lástima se apoderó de mi corazón y me obligó a rebajar el asunto y acceder a su propuesta aun sabiendo lo peligrosa que era.
—Creo que esto es demasiado precipitado, todos nos conocemos por aquí y llamaremos demasiado la atención— pensativa, se rascó la barbilla.
— ¿Sueles ir a Downpour City?
—¿A la capital? Sí, es dónde suelo robar coches y darle el palo a alguien de vez en cuando
—¿También das palizas o qué? — me preguntó con una sorprendente indignación.
—¿Por qué lo dices? ¡Claro que no!
—¿Dar el palo no es dar una paliza? — me preguntó con la curiosidad de una niña pequeña. Mi respuesta fue negativa.
—Es atracar a alguien— contesté seco, a ambos nos invadió un silencio sepulcral.
—Me llamo Alice, trataste de robarme la cartera, pero terminaste por robarme el corazón.
—Espera, ¿qué?
— Es una mentira para cuando nos pregunten cómo nos conocimos.
—No parece muy creí...— antes de que pudiese contestar Sophie me agarró del brazo y tiró de mi rumbo al barrio, no podía dejar de pensar lo loca que estaba aquella ricachona consentida ni lo estúpida o valiente que era.
— Técnicamente no es una gran falsedad, ya lo dijo un sabio, en toda gran mentira hay una gran verdad— dijo tratando de disimular una sonrisa.
La primera parada que hicimos fue en el popular antro sin nombre al que a menudo iba a buscar trabajo. Se trataba de un pequeño bar de madera carcomida oscuro y maloliente, como dije, carecía de nombre, pero era frecuentado por todo el barrio debido a su carismático dueño y a sus negocios que nada tenían que ver con la hostelería.
Le expliqué a Sophie que dicho antro era regentado por Benny, un hombre cincuentón casi calvo y de barba canosa, pero su altura y sus ojos redondos imponían respeto. En realidad, Benny trapicheaba con todo lo que le fuese posible: piezas de coches, joyas, incluso ropa. Sin embargo, lo que más beneficios le granjeaba era sin duda los diversos rumores y cotilleos que inundaban Green Hill: que si a dicho prestamista le había salido un buen negocio en un sitio, que si un ricachón acababa de invertir dinero en tal tienda... así es, el afable regente era el vendedor de información del barrio, la que conseguía gracias a lo que él llamaba cariñosamente «mis zánganos», es decir, huérfanos y variopintos personajes que pululaban por el poblado barrio a los que no les hacía ninguna gracia, o no podían, entrar en una banda.
Cómo Benny filtraba la información verdadera de la falsa nadie lo sabía, pero sin duda el sonriente dueño del local era el que mejor conocía el barrio, además, era generoso, pues a sus zánganos les pagaba con comida y de vez en cuando algo de dinero. Yo mismo había sido uno de ellos hacía varios años, no obstante, aunque ahora iba por libre, sí que me pasaba a hacerle una visita habitualmente para charlar con él y para buscar trabajo cuando no me surgía nada. Aunque ya era experto en pasarme uno o dos días en ayunas sin quejarme, no era una situación muy apetecible.
—¡Hola coleguilla! ¡Te veo bien acompañado! — me saludó el carismático Benny.
Sophie y yo nos acercamos a la barra y nos sentamos, el local se encontraba misteriosamente vacío.
—¿Quién eres preciosa? No me suena tu cara, y eso es raro— preguntó a Sophie antes incluso de consultarnos si queríamos tomar algo.
— Soy Sophie Fridz, encantada.
Sin darme tiempo a que el miedo recorriese todo mi cuerpo, el rostro de Benny se tensó.
— A la trastienda, ahora.
La pequeña trastienda estaba abarrotada de todo tipo de bebidas que debían estar calientes, diversas cajas cerradas y bártulos afloraban por el suelo haciendo el moverse una tarea ciertamente complicada. Los tres permanecimos de pie.
—¿Pero a ti se te ha ido la flapa?— gruñó Benny— ¿¡Cómo traes a la hija de los Fridz por aquí!?
—Es una larga historia...— traté de defenderme.
—Si se enteran sus padres o cualquier idiota lo vas a pasar mal, ya sabes que alguno te anda buscando las cosquillas.
—Ha sido idea mía— intervino Sophie.
La hija de la familia a la que pertenecía casi todo el barrio le explicó a Benny cómo nos habíamos conocido, percibí que Benny trataba de aguantarse la risa cuando Sophie, para mi vergüenza, le narró el momento de la patada, aunque, en ese instante, no estaba para nada abochornado, ya que estaba concentrándome en fantasear como estrangulaba a Sophie por bocazas.
—Buena te la han armado— me dijo con una sonrisilla— querida, no te recomendaría andar por aquí mucho tiempo, los rumores vuelan, no obstante, yo me encargaré de desmentirlos todos, como sabrás, soy prácticamente el periódico del barrio— dijo Benny orgulloso—. Brad, eres un tipo listo, ándate con ojo.
Salimos por la puerta de atrás de la trastienda, noté la mirada de Benny en mi nuca, pero yo solo podía pensar en que a esas alturas todavía no le había dicho mi nombre a Sophie y ni ella se había molestado en preguntármelo.
Una vez fuera del local de Benny, miré a Sophie con gran furia, si al dueño del antro le daba por hablar, lo que era poco probable dada la situación, tanto ella como yo nos íbamos a meter en serios problemas, más yo, a Sophie seguramente no le pasase nada por ser quién era, pero a un ratero de mi calaña tal revelación podía terminar en una sentencia de muerte.
—¿¡Te has dado cuenta de lo que has hecho!? ¿¡Cómo se te ocurre decir tu verdadera identidad en un barrio como este!?
—Tú ni siquiera me habías dicho tu nombre ni que «alguno te andaba buscando las cosquillas»— repitió mordaz las palabras de Benny.
— Aquí siempre hay alguien que te va a tener jurada, pero no cambies de tema, si vuelves a decir tu verdadero nombre me iré y te dejaré sola— amenacé.
El rostro de la hija de los Fridz ni se inmutó, simplemente se limitó a arquear una ceja y a volverse hacia ninguna parte.
—¿Vas a enseñarme el barrio o no? — contestó impertérrita.
Obedecí a regañadientes rezando para que algo le asustase tanto que nunca más tuviese que volver a verla, por aquel entonces aún no era consciente de que la noche en que aquella joven me había golpeado era el preludio a mi nueva vida.
Ya llevaba una semana siendo el guía no oficial de Sophie, le había mostrado a la niña rica todo lo que le podía enseñar de Green Hill, para mi sorpresa y desgracia, lejos de asustarse, cada día parecía más entusiasmada, observaba todo con una curiosidad en la que yo, tal vez por mi odio hacia las clases adineradas, percibía una cierta superioridad.
Le expliqué todo lo que sabía: las ganancias que daban los robos de coches perpetuados en Downpour City, cómo se atracaban las diversas joyerías u otros negocios, y la eterna lucha de las bandas criminales por dominar el poco territorio que no estaba bajo control de su familia. Cuando le dije que actualmente llevábamos unos meses de tensa paz, pareció decepcionarse, sin embargo, era mejor así. De estar en pie de guerra ni yo me habría atrevido a moverme por varios lugares y calles del barrio.
Incluso llegué a explicarle las diversas armas que se empleaban en Green Hill, siendo el revólver la más habitual de las armas de fuego y la navaja mariposa la básica de las armas blancas. Por mi parte, prefería el revólver, aunque no lo usase mucho. A la mayoría de las personas que íbamos por libres era raro que nos molestasen miembros de bandas, ya que podíamos serles de gran utilidad.
Cayendo el atardecer, Sophie y yo habíamos dejado las mal construidas casas y chabolas de chapa que arraigaban todo el barrio para estar a punto de llegar a la casa de Sophie, quise preguntarle cómo era posible que sus padres le diesen tanta libertad, pero decidí no hacerlo, no era asunto mío.
Antes de llegar, cuando vislumbramos retazos de la mansión de los Fridz, Sophie me cogió del brazo, deteniendo mi marcha en al momento.
—¿Entonces ya me has enseñado todo lo que has podido?
— Sí—contesté— no hay mucho más que ver, creo que he pagado mi deuda.
Nos quedamos en silencio, ella no me soltaba el brazo y me miraba fijamente a los ojos, yo le aguantaba la mirada, pero me estaba resultando un momento de lo más incómodo.
—Aún no, ahora me toca a mí— contestó con gran seguridad.
—¿Qué quieres decir?
— Tú me has enseñado cómo es la vida que lleváis los desafortunados— me había dado cuenta de que, desde hacía varios días, Sophie había dejado de emplear la palabra «pobres» por «desafortunados», no sabía cuál me gustaba más—. Ahora yo te mostraré Downpour City.
Pensé en soltarme de su brazo, pero algo me lo impedía y no sabía de qué se trataba.
—Ya conozco Downpour City, no lo necesito.
—La conoces solo para robar, pero yo quiero enseñarte cosas que solo podrás ver si vas conmigo— me contestó, sus ojos avellana brillaban cada vez con más intensidad, o eso me parecía.
— Lo siento, pero esto se acabó, vive tu vida y yo la mía, te deseo lo mejor, no eres mala persona, aunque estás como una cabra— me solté por fin de su brazo dispuesto a marcharme por donde había venido, y, para mi sorpresa, una punzante frialdad comenzó a oprimirme el pecho.
—¿A dónde vas? ¿A ese cuarto donde viven ocho personas en el que no hay ni agua potable al que llamas casa? — me preguntó hiriente porque de antemano sabía mi respuesta.
—Es mi vida— fue entonces cuando ella volvió a agarrarme el brazo, pero esta vez con una gran fuerza de la que rara vez hacía gala, pero que sin duda poseía.
—Eso no es vida... eres un buen chico... por una vez en mi vida me he sentido cuidada... querida por alguien... vuelve a verme por favor...
No supe que contestar, era verdad que a cada hora que pasaba cada vez me sentía más cómodo en su compañía y que, desde que la había conocido, me costaba conciliar el sueño.
— Encontrarás a alguien que te convenga, te aprecio Sophie, pero somos muy diferen...
Sus labios se juntaron a los míos, inconscientemente, rodeé su cintura y la atraje hasta mí y ella abrazó mi cuello. Tal vez todo fuese fruto de aquella sensación que me llevaba oprimiendo el pecho durante todos estos días, una extraña melancolía que siempre conducía a que recordase su mirada, nuestros labios se separaron, todavía abrazados, Sophie habló.
—Nunca pensé que le robaría mi primer beso a un macarra— dijo con su característica ternura.
— Me has robado mi primer beso— repetí.
— No te quejes, te recuerdo que intentaste robarme la cartera primero— ambos reímos brevemente para que un tierno silencio nos embriagase.
— Voy a darte una dirección, ve ahí, iré a verte mañana— me contestó volviendo a besarme.
Acabé en un cómodo hotel a la entrada de Downpour City, me esperaba toda una manifestación del lujo desenfrenado de las clases pudientes, en realidad, no era nada fuera de lo normal. Fui con miedo y hablé con bastante timidez al recepcionista, tenía miedo de no encajar. Sophie me había entregado una nota con la dirección del hotel y los nombres falsos con los que tenía reservada la habitación, al parecer, la hija de los Fridz tenía todo planeado desde el principio seguramente por esa cualidad llamada «instinto femenino», sabía que yo iba a aceptar su propuesta.
Ya tumbado sobre una de las dos camas individuales, no pude evitar pasar revista a toda mi vida, todo lo que había hecho y aquello que conformaba quien era en realidad. El volumen de mis pensamientos debió resultarme molesto porque, antes de que me diese cuenta, encendía la pequeña radio de la habitación. Por azares del destino, nada más sintonizar, una canción que conocía demasiado bien agitó aún más mis recuerdos, El blues del perdedor, la favorita de la única persona a la que había considerado mi familia, aún me pregunto si escuchó por última vez el viejo coro de voces negras antes de irse, o más bien, de que se lo llevasen.
Llamaron a la puerta, supe que se trataba de ella o simplemente quería que lo fuese. Entró disfrazada con vestimenta sencilla, como el hotel. Me volvió a dar un beso, mientras nuestros labios permanecían pegados sentí un gran miedo, ¿qué estaba haciendo? Me estaba jugando todo, si alguien enteraba podía ser hombre muerto, sin embargo, una voz dentro de mí me convenció entre susurros que no tenía nada que perder.
Recordé que, desde la marcha de aquella persona, mi vida permanecía hueca.
Ya llevaba dos días durmiendo en esa habitación, Sophie, que siempre dormía en su casa, cumplía fielmente su promesa de enseñarme la Downpour City que no conocía: las calles con tiendas y restaurantes donde un plato costaba tanto como dos semanas de trabajo digno en el barrio, el vestir ocioso, vehículos caros. Siempre me habían llamado la atención los coches así, a mi entender, eran estúpidos, su única característica consistía en ser más veloces y, dependiendo del gusto de cada uno, bonitos, pero en cuanto a utilidad, nulos. Coches de dos plazas con maletero minúsculo, no servían para nada, pero se vendían bien en el mercado negro.
En la hora más cálida de la tarde, decidimos descansar en Mason Park, el más grande y concurrido, sin embargo, en muchos puntos uno podía relajarse sin ser molestado. Fue bajo la sombra de los abedules donde comenzó el gran giro de nuestras vidas.
Ella me abrazaba con los ojos cerrados, yo dormitaba, el calor era agradable y el parque permanecía en sosegado silencio, llegó la pregunta que siempre había temido.
—Brad, el primer día cuando me presentaste a Benny, dijo que alguien te andaba «buscando las cosquillas», ¿a qué se refería?
—Prefiero no hablar de ello.
— Puedes contarme lo que sea, quiero saberlo, necesito saberlo, la cara te cambió completamente cuando Benny lo comentó—. Comprendí que no tenía salida.
— Desde que tengo memoria, en mi vida en el barrio hubo una persona que siempre estaba a mi lado, se llamaba Kipp, cuatro años mayor que yo, mi socio y el ojito derecho de Benny. Un tipo muy avispado, siempre nos salíamos con la nuestra, pero un día fue demasiado lejos, cometió un error; robó a una banda: los Bunch, no pudo elegir otra, tuvo que ir a las más poderosa y rica de aquella y ahora, a Kipp le gustaba hacer las cosas a lo grande. Días antes me había comentado triunfante que le había surgido un buen golpe que si salía bien al fin podríamos escapar de, en sus palabras, «esta mierda de vida». No me lo tomé en serio porque ya llevábamos varias cervezas encima, lo que le hacía propenso a las bravatas. Dos días después apareció muerto... con la cabeza destrozada... lo mataron a golpes con una barra de hierro... parecía puré.
Cogí mi revólver, con el que te atraqué, ciego de ira, me dirigí a un piso franco que los Bunch usaban para contar dinero, cuando me abrieron la puerta disparé, los maté a todos, cuatro personas en total, luego me fui por donde había venido. No dejé testigos, pero ellos saben que fui yo, incluso con Benny mintiendo. Nunca supe si los cuatro desgraciados tuvieron algo que ver con el asesinato de Kipp, pero no me arrepiento de nada, incluso siendo consciente de que Kipp se lo había buscado. Desde entonces, sé que voy a morir y a manos de quién; no me importa, la gentuza como yo ha nacido para correr y morir en la calle—. Cuando terminé mi relato Sophie lloraba, pensé que iba a irse y que nunca más volvería a verla. Me abrazó con fuerza y gran ternura.
—Huyámonos, vámonos de aquí.
Dos meses de desenfreno, de moteles baratos, de amor, dos meses perseguidos por la justicia. Si me hubiesen predicho el futuro que me esperaba, nunca me lo habría creído. Sophie y yo éramos famosos por todo el país; nos llamaban «Los ladrones enamorados», nuestra historia era jugosa para los periódicos sensacionalistas y la prensa rosa: una joven rica de educación exquisita se fuga con un ratero de Green Hill, incluso algún que otro medio llegó a insinuar en un principio que había secuestrado a Sophie a punta de cañón, que robé un coche y la forcé a introducirse en él.
Los rumores se disiparon pronto gracias a las actuaciones de Sophie.
Sí que era cierto que había robado un coche, el primero que vi y del que nos deshicimos al robar otro para que así nos perdiesen las autoridades de vista. Nuestra vida cambió radicalmente, los atracos a mano armada era nuestra forma de subsistir, en un principio pensé que iba a tener que ser yo el que mantuviese a Sophie, no me importaba, pero, contra todo pronóstico, aprendió rápido. Ya se podía decir que era más avezada que yo, parecía que la joven rica había renacido en otra persona que disfrutaba de la adrenalina, nunca llegamos a disparar a nadie, pero Sophie le dio a un hombre un puñetazo con el cañón de la pistola que le hizo brotar sangre de la boca al pobre diablo. Tenía que admitir que cuando lo hizo me puse bastante.
En nuestro primer golpe nos hicimos con más del dinero suficiente para subsistir en moteles de mala muerte. Fueron los días más felices de mi vida, solo éramos dos jóvenes estúpidos haciendo cosas de jóvenes estúpidos con mucha suerte, pues donde solíamos hospedarnos los periódicos no llegaban, y si lo hacían, siempre con retraso y nadie los leía. Ella lo fue todo.
Recuerdo como se levantaba en ropa interior a acicalarse y vestirse, como la observaba furtivo y cómo ella reía en silencio cuando me descubría, era entonces, cuando terminada su higiene bucal se acercaba a mí para después echárseme encima y morderme la nariz. Yo la envolvía con mis brazos y procedíamos a hablar de tonterías, aunque ahora que lo pienso, probablemente el único que las decía era yo porque me perdía en sus ojos.
Recuerdo como hacíamos planes para nuestro siguiente destino mientras me acariciaba con sus piernas, como me llamaba idiota y se reía de mí cuando iba a ducharme y se me olvidaba encender el calentador, como ella se negaba a hacerlo y me obligaba a caminar desnudo, empapado y muerto de frío para encenderlo, poniéndolo todo perdido y teniendo que fregarlo mientras se metía conmigo con su cantarina risa de banda sonora. También recuerdo mi gran venganza cuando se repetía esa situación, cuando me tiraba desnudo y calado encima de ella y me llamaba de todo nuevamente con su banda sonora entrecortada, deseaba con todo mi ser que esto nunca concluyese.
Tras un atraco a una gasolinera, hicimos lo de siempre, huir rumbo a ninguna parte dejando el caucho quemado de las ruedas del último vehículo que habíamos robado, y, tras largas horas de carretera, llegar un lugar donde pasar unos días. Siempre recordaré el nombre de aquel hotel de paredes gastadas en medio de una carretera desértica: «Hotel del Amanecer».
El primer día aconteció tranquilo, apenas salíamos de la habitación, comíamos, nos abrazábamos mientras hablábamos, hacíamos el amor un par de veces y luego dormíamos. A la mañana siguiente desperté solo, en un principio pensé que permanecía oculta en el baño para darme un susto, mis deducciones fueron equivocadas.
Cuando salí del hotel para buscarla recibí un golpe por la espalda, caí de bruces, sentí todo el peso de un hombre fornido mientras me ponía las esposas y me gritaba, con aire burlón, la frase que recuerdo todas las noches de mi vida.
—¡Te ha vendido hijo de puta!
Fue el día en el que descubrí que en todos los grandes sueños hay un despertar que nunca es agradable
Me metieron en un coche patrulla, aún aturdido, no sabía que me estaba pasando, solo podía pensar en Sophie; en un principio pensé que había sido capturada y la policía, mediante las malas artes habitualmente empleadas contra las personas como yo, le hubiese logrado sacar una confesión.
Acabé en una comisaría de tercera y me empujaron, esposado, a una sala de interrogatorios muy iluminada, era la primera vez que me cogían y, debido a lo que había oído en las calles de Green Hill, tenía miedo. Contra mis malas creencias infundadas, fueron bastante amables conmigo para tratarse de la situación en la que nos encontrábamos. Entró en la sala un agente ya veterano, robusto de frondosa barba cana que se me presentó como el inspector Arxel.
No me interrogó, tan solo me dijo que habían llamado a un abogado de oficio, le contesté que no era necesario y él, con una mirada en la que percibí un atisbo de comprensión y lástima, comenzó a hacer su trabajo.
—Sophie Fridz nos llamó de madrugada tres días antes diciendo que quería entregarse, su familia ha movido muchos hilos para darle un papel de víctima mientras que tú te comerás todos los crímenes, tienes 19 años, no eres un crío. Carne de prisión.
No contesté.
—Admito que eres bueno, has tenido a toda la prensa siguiéndoos el rastro, pero nadie pudo encontraros, obviamente, si a vuestro caso le hubiesen dando prioridad no habrías ni durado dos días, si no llega a ser porque escogiste a una niña rica ahora seguirías viviendo tu aventura romántica.
—¿Ella está bien?— Arxel me miró sorprendido y soltó una carcajada.
—¿Te la juega y aún la quieres? Supongo que todavía no te haces a la idea.
Y tenía razón, no me hacía.
—Me caes bien chaval, tienes olfato y una mirada que me gusta, como no habéis matado a nadie y los Fridz se han ofrecido a devolver el dinero robado tal vez el jurado se muestre benevolente contigo... o podamos llegar a un acuerdo.
Fue entonces cuando mi vida pegó otro giro, acepté el trato propuesto y de la noche a la mañana terminé trabajando para la policía: infiltrado, soplón y todo tipo de trabajos oscuros que mantienen las calles en orden. El inspector Arxel fue mi padrino, pronto me hizo estudiar y terminé convirtiéndome en agente, detective para ser exactos, el compañero del inspector. Quince largos años estuve trabajando para él, recorriendo los barrios bajos de Roshi Springs, una ciudad calurosa, la segunda más poblada del país tras Downpour City, en realidad, el inspector, como me contó años después, se trasladó para conocerme personalmente, al parecer, no era la primera vez que hacía algo así. Descubrí que había lugares más violentos que Green Hill, pues en Roshi Springs, la guerra por el control del mercado de la droga y la explotación sexual era encarnizada. Recibí varios disparos y cicatrices que aún visto orgulloso, pues como me dijo mi padrino: «Las cicatrices son souvenirs que nunca pierdes». Tras quince años de servicio a su lado, Arxel se retiró y yo dejé el cuerpo dos años después, nunca me había sentido unido a la policía, sino a él. Comencé un nuevo trabajo que se encontraba en auge: cazarrecompensas. El mundo había cambiado mucho y aparecieron nuevas tecnologías que, como un caballo salvaje recorre una estepa, desarrollaron su versión ilegal: implantes prostéticos, utensilios para piratear ordenadores (aparatos que nunca entenderé), tarjetas de crédito, etc. Además, el ahora llamado viejo crimen, aunque en menor medida, seguía dominando las calles.
Conocí a otro cazarrecompensas llamado Marcus, un treintañero que en cierta medida me recodaba a mí. Lo llamaban Honky Dog, aunque él nunca supo por qué, lo importante era que nos compenetrábamos bien. Podíamos atrapar a peces más gordos y repartirnos las ganancias, una parte la ahorrábamos, el resto iba destinado a nuestras salidas nocturnas que casi siempre acababan en pelea porque algún desgraciado nos conocía, y eso que Honky Dog y yo éramos nómadas que recorríamos el país sin mayor rumbo que el perseguir a los criminales más buscados.
Tras cobrar una buena recompensa, mientras conducía y él miraba a ninguna parte por la ventanilla del asiento del copiloto, se acarició su voluminoso pelo rizoso castaño y se encendió un cigarro.
—Oye Brad, ¿tú eras de Green Hill verdad?
—¿Por qué me preguntas algo que ya sabes? Sí, un barrio difícil.
—Pues ahora se ha convertido en el centro del pijerío de Downpour City, donde están las tiendas más caras.
—Mira tú que bien— le respondí esperando su decepción ante su intento de provocarme, cuando Honky Dog preguntaba algo que sabía no se traía nada bueno entre manos.
—Hemos cobrado una buena pasta, ¿por qué no nos vamos de vacaciones a tu barrio natal?
No sé cómo logró convencerme, bueno, en realidad sí, pero me negaba a admitir que aún la quería.
Mi compañero tenía razón, Green Hill se había convertido en la cuna de la ostentación y del peor tipo de cosmopolitismo: todas las casas eran nuevas, no quedaba rastro del espíritu del barrio al que, con la mayoría de sus defectos, había llegado amar. El viejo local de Benny, que habría muerto años atrás, era una cafetería-heladería llena de niñatos y niñatas a los que Kipp y yo habríamos desvalijado en cuestión de segundos y que se gastaban el salario de dos meses de un antiguo trabajador en una mierda de café helado. Honky Dog me dejó solo para «reencontrarme con el barrio» mientras él se perdía por sus calles ahora seguras, pero no había nada con lo que reencontrarme.
Sentí una gran ira y frustración, era como si hubiesen borrado todo rastro de las sangrientas calles de Green Hill, como si nos hubiesen olvidado, parecía que nunca habíamos existido. Enfadado conmigo mismo y con el universo, deambulé por mi viejo hogar que ya no conocía, topé con un bar cuyo nombre aceleró mi corazón a un ritmo desenfrenado como si quisiese escaparse de mi pecho, al que golpeaba violentamente.
«El blues del perdedor», la canción favorita de Kipp y que Sophie se sabía de memoria; recordé sus viejos acordes saliendo de una radio destartalada que habíamos robado, ella la llevaba sobre sus piernas mientras yo conducía con su cabecita apoyada en mi hombro. Creyendo que se trataba de una mala pasada del destino, entré. Solo había dos personas en mesas separadas, en la barra ningún camarero. Uno de los clientes se marchó dando traspié, apestaba a cerveza.
El local era entero de madera de calidad, estaba bien cuidado y reluciente, debían entrar unas cien personas. Al fondo había una pequeña tarima que fungía de escenario para música en directo, aunque de escaso tamaño, apretada, podía entrar una banda de jazz entera.
Me senté en la barra y ella, deslumbrante, apareció de una puerta situada tras la barra. Los años no le habían hecho mella, a pesar de alguna arruga, seguía siendo la misma Sophie de siempre, aunque fuese al menos en el plano físico.
Yo, un veterano expolicía y actual cazarrecompensas, que había hecho gala de una gran frialdad ante situaciones y personas bastante peligrosas, enrojecí, los nervios se hicieron presa de mi estómago, pero traté de aguantar el tipo. Ella debió darse cuenta de mi estado y me dedicó una sonrisa, no me reconoció. Al contrario que Sophie, yo sí que había cambiado con los años.
—¿Qué vas a tomar?
—Bourbon— contesté seco, logrando esta vez controlar mis impulsos. Ella cogió de una estantería repleta de licores una botella y me sirvió un buen vaso.
—¿No eres de aquí verdad?— bebí y posé el vaso con decisión.
—En realidad sí, estoy de visita, llevo años sin venir y está demasiado cambiado.
—Me imagino que serás de mi quinta, conocí este barrio cuando gozaba de mala fama, ¿sabes?— me limité a asentir escrutando sin que se diese cuenta cada palmo de su rostro.
—¿El local es tuyo?
—Sí, hoy me toca estar a mí, pero me voy turnando con mi marido y con mi hijo cuando se deja caer por aquí.
—Ya veo.
Me sentía extraño, cuando oí la palabra «marido» creí que iba a estallar y espetarle un par de rencores, en cambio, solo sentí frío e indiferencia.
—¿Tú a qué te dedicas?
—Cazarrecompensas— la banda sonora que nunca dejé de escuchar en mis noches de desvelo volvió a sonar en directo, no había cambiado ni un acorde.
—Aquí no vas a encontrar trabajo, demasiado tranquilo.
—Estoy de vacaciones.
—Entonces eres bueno— sonreí y di otro trago.
—Avísame si necesitas algo— terminó sonriente la conversación.
Estuve un par de horas más, bebiendo, mirándola y recordando el pasado. Me levanté y le puse un billete sobre la mesa, cuando me dispuse a marcharme, ya abriendo la puerta del local, me habló de nuevo.
—¡Muchas gracias por venir! Oye, no me has dicho tu nombre y me suenas de algo.
Abrí la puerta, y sin mirar atrás, respondí.
—Kipp.
Salí del local con paso firme, a los pocos segundos la puerta se abrió para no cerrarse, de alguna manera supe que era ella, no me detuve, no me llamó.
Me dirigí a mi hotel, me eché en la cama, Honky Dog no estaba, seguramente andaba de parranda bebiendo con gente que no conocía, una de sus muchas aficiones. Esperaba una llamada suya para unirme a él en cualquier momento. Tocaron a la puerta, me levanté pensando que se trataba de mi compañero, pero, cuando abrí la puerta, me encontré con el rostro de la única mujer a la que había amado en toda mi vida, sus ojos permanecían humedecidos. Antes de que pudiese reaccionar, me abrazó con fuerza, en un principio no supe que hacer, terminé por abrazarla, pero esta vez no la cogí por las caderas, sino por la espalda. Ella lloraba y yo quería, pero no me salían las lágrimas, ya no me quedaba ninguna sin derramar. El primer año tras nuestra separación las agoté todas.
— Lo siento Brad... lo siento... yo... no quería seguir así... me asusté, temí por mi vida...
La abracé más fuerte contra mí.
—No digas nada.
Permanecimos abrazados largo tiempo, aunque a mí se me hizo demasiado corto, cuando dejamos de hacerlo fui yo el que hablé.
—¿Cómo has dado conmigo?— ella se enjuagó los ojos.
—Tu compañero vino a mi local, hablé con él y terminó diciéndome que era un cazarrecompensas, le pregunté si conocía a uno llamado Brad que andaba por aquí, me dijo que sí y comencé a llorar, tu amigo me dijo: «así que eres tú...», me dio la dirección del hotel y nada más cerrar vine corriendo, esperando encontrarte... Honky Dog sabía de la existencia de Sophie, aunque nunca le conté la historia completa, solo le había dicho que fue mi primer y único amor.
Le dije que pasase y estuvimos hablando durante horas, contándonos en qué habían desembocado nuestras vidas, en un principio hablé yo y ella no dejaba de pedirme disculpas, daba igual las veces que le dije que no lo hiciese, seguía siendo igual de terca.
Luego me narró cómo después de que terminase todo el escándalo acabó conociendo a otro hombre con el que terminó casándose y montando un negocio que funcionaba realmente bien durante la noche.
—¿Tienes un crío verdad?
—Sí, ya ha cumplido los veinte, ¿sabes cómo se llama?
—¿Cómo?
—Benny— me respondió risueña, los dos carcajeamos sin mesura, no sé cómo mis ojos comenzaron a llorar y los suyos también.
Finalmente, llegó la despedida, pero antes de irse me tendió un trapo que envolvía una cajita, cuando la abrí, una sonrisa nostálgica se me dibujó en el rostro.
—Mí revólver, lo creía perdido.
—Lo he guardado y limpiado todo este tiempo, es una reliquia... sigue sin estar cargado.
Volvimos a reír.
—Adiós Brad.
—Adiós Sophie.
Cuando la puerta se cerró supe que no la iba a volver a ver, pero no importaba, ya no quería hacerlo, mis viejas cicatrices parecían haberse cerrado. Volví a echarme en la cama contemplando el ventilador del techo moverse, encendí la radio que estaba encima de mi mesita de noche y, por una jugarreta del destino, sonó un tema que conocía demasiado bien: El blues del perdedor, y, por primera vez en toda mi vida, no me sentí identificado con ella.

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